
El tío Pernilla (Dios le haya perdonado) me contaba que en Almeida se acostumbraba a hacer una broma a los vecinos que celebraban la matanza. Esa noche, ya oscurecido, los mozos preparaban la humaza. Una especie de bomba fétida a base de cualquier elemento que al arder exhala el peor olor posible: pelos, grasa, goma, azufre, cuero, resina, etc. Se depositaban los ingredientes en una lata o en un bote viejos y se les prendía fuego. Calculando que estuviera el “regalito” en su punto álgido para la hora de cenar.
Y cuando estaban cenando en amor y compaña, en torno a un buen brasero, la familia y los que habían trabajado desde bien temprano como matarifes y chacineros, festejando la ocasión con buena juerga; con sigilo y nocturnidad, se acercaban los bromistas y arrojaban su apestoso sahumerio, lo más adentro posible, desde la puerta de la casa. Hay que explicar que a la sazón, las puertas de las casa se cerraban con dos postigos o puertas superpuestas y que, cuando la gente estaba dentro, el postigo de arriba se mantenía abierto hasta atrás.
Consumada la maldad, se ocultaban los tarambanas hasta el momento que los comensales del interior comenzaban a dar síntomas de haber detectado el tufo infecto. Al únisono y como impulsados por un resorte, abandonaban las pitanzas y saltaban de sus asientos los comensales, espoleados por el insano perfume irrespirable. Unos juraban en arameo, otros maldecían, las mujeres chillaban como si de repente se hubieran puesto de parto, los muchachos salían como balas buscando aire sano que respirar y los más ágiles se precipitaban a la oscuridad de la noche tratando de alcanzar a los autores del estropicio…para saludarlos con el mayor afecto. ¡El acabóse!
Naturalmente los de la chanza se habían puesto a buen recaudo y, lejos ya del lugar de los hechos, se regodeaban y reían de su hazaña y de los aspavientos de los afectados. Mientras, para estos últimos no quedaba otra que terminar por recoger los restos hediaondos de la broma y tenérselo que tomar con paciencia. En general, después del inicial mosqueo, acaban riendo también. La fiesta era de tiros largos y no estaban dispuestos a dejársela aguar por los bromistas.

