
En Almeida, por aquel entonces, se ganaban la vida especialistas en oficios hoy desaparecidos, por lo dicho más arriba. Modistas, hojalateros, zapateros remendones, sastres, talabarteros, caldereros, tintoreros… Y de cada especialidad varios, por mor de la abundante demanda de sus servicios. Si alguien se toma la molestia de consultar el Catastro de Ensenada, verá que en 1930, por ejemplo, anota 3 hojalateros, 6 zapateros y 3 sastres, en nuestro pueblo.
«Ahí mismo —me decía el tío Pernilla (q.e.p.d.), señalando hacía la casa de don Juan Antonio Panero y a la de su cuñada Angelita—, ahí tenía el taller y la zapatería, un tal Julio Martín, a quien su padre enseñó el oficio. En tiempos, antes de la guerra, trabajaban dos hermanos suyos, Damián y Enrique, su padre y él en el taller que tenían en la trasera de su casa, en la calle Mediodía, en el barrio de Belén. Todos trabajaban muy bien el calzado, tanto los pares que hacían nuevos como los arreglos y demás. Botas de becerro, chancas, zapato de vestir de boxcal, albarcas… Sus hermanos mayores emigraron a la Argentina; Julio siguió aquí. Se casó con una de Villamor de Cadozos. ¡Muy buena mujer! Simpática y guapetona. Encarna, se llamaba y allí donde estuvo dejó memoria de su bondad y discreción. Acabaron por dejar el pueblo y se marcharon a Salamanca para poder dar estudios a los hijo».
Estábamos sentados en los poyos del Caño; allí distraídos, mirando a las mujeres que hacían su colada en el lavadero y a los que venían al molino de los Sánchez de los pueblos limítrofes. Era una de esas mañanas de abril que amanecen frías, con buena ceñada, pero a las que luego el sol, a medida que gana fuerza, las hace confortables y cálidas.
«Mira, galán, perece que estoy viendo esa manzana, desde las Alcantarillas para acá: la casa de la Nena, con el nombre de Baltasar Moralejo en el letrero de la fachada; después, la casa del tío Juan de Villoria y a continuación dos edificios iguales, de una sola planta y fachada de cemento: la zapatería, con su escaparate y su puerta de cristales y el bar-barbería de Julián Álvarez.»
«La Nena, además de comercio, carnicería y quesería, era la fonda en la que se hospedaban los forasteros, tratantes, funcionarios y afiladores. La señora Inés valía mucho para los negocios y de suyo era muy generosa y de natural amable. No recuerdo si tenía diez o doce hijos, como poco. Así que, entre éstos, los dos del zapatero y no sé cuantos “Barbericos” andaba por aquí una muchachada casi como la de un colegio. Súmale a esto el trajín del molino; el del caño; el de los adictos a las buenas tapas del bar (sardas, ancas de rana, lagarto rebozado&hellip
; el de los que venían a la barbería o a la zapatería; el de las lavanderas, que tan pronto cantaban como discutían a voces… ¡El Manhattan sayagués! Y, por si no fuera bastante, Evangelista, el hijo de Julián; estaba aprendiendo a tocar la trompeta y no paraba de atacar los compases más gallardos del pasodoble “En er mundo”… "¡Tírale del aire, Vitín!", solían decirle.» «¿Adónde andaba usted entonces?», le pregunté yo, aun sabiendo que era poco amigo de dar explicaciones de su vida y esperando, todo lo más, alguna insignificancia. Y así fue; lo que vi en su cara fue un claro gesto de reproche por mi audacia, al tratar de ir más lejos de la cuenta. «Mucho quieres tú saber, rapaz. Y… ¿sabes qué te digo? Que al que quiera saber, poco y al revés». Eso me contestó y, una vez más, me dejó en ayunas sobre su biografía que, cuanto mayor celo ponía él en mantenerla en secreto, más me picaba a mí la curiosidad por conocerla. Pero en aquella ocasión, me quedé como estaba: in albis.

