
Mucho es de lamentar que sea tan desconocida una obra de tanta categoría como es el cuadro de Juan Carreño de Miranda, que enaltece el retablo que el ilustre secretario del rey Felipe IV y Vicecanciller de Indias, don Antonio de Oviedo y Herrera (Almeida, 1599), legó a nuestro templo parroquial allá por el año 1655. Desde esa época hasta hace bien poco, siendo el motivo central del conocido como «altar del Carmen», en el lado del Evangelio del presbiterio, pasó sin embargo desapercibido durante décadas. En las más remotas, por la falta de cultura artística de los feligreses; en las más próximas porque una pátina centenaria de polvo y humo ocultaba su esplendor y belleza. Finalmente, con su acertada y excelente restauración, salieron a la luz los valores cromáticos y el nivel artístico de esta pintura, así como la exquisita sensibilidad y la evidente maestría de su autor.
Este Juan Carreño, que fue pintor de la corte de Felipe IV y de cámara del rey Carlos II, nació en Asturias (no se sabe si en Avilés o en Carreño) en el peor momento quizás para alguien que quisiera ser pintor. ¿Por qué? Pues porque le tocó vivir en el mismo tiempo que Diego de Velázquez, un genio capaz de ensombrecer a todos sus colegas. A pesar de ello, logró Carreño hacerse un sitio y, a partir de 1669, año en que le nombran pintor del rey, se convirtió en uno de los mayores retratistas de la Corte. En esta especialidad del retrato descuella de manera notable y es considerado como uno de los grandes entre los grandes, pues logró aplicar a sus lienzos el estilo aristocrático de su forma de vida, captando con elegancia y psicología los rasgos más significativos de la personalidad de sus personajes. La influencia de Velázquez y de Rubens se deja traslucir en sus obras que, por otra parte, están presentes en museos y pinacotecas del mundo entero. No es un don nadie, ni mucho menos, sino un gran pintor barroco.
La mencionada obra de la parroquia de Almeida, representa a la Virgen del Carmen como protectora de la Orden del Carmelo que acoge maternalmente bajo su manto a Santa Teresa de Ávila y al profeta Elías (en primer término) y a una pléyade de santos y santas carmelitas (como comparsa). La expresión de los rostros de cada uno de estos religiosos manifiesta diversas facetas arquetípicas de la mística: éxtasis, arrobo, piedad, etc. Las miradas y la actitud están marcando el carácter y el grado personal de cada uno en el camino de perfección. A ello añadiremos la atmósfera de sosiego, recogimiento y gozosa quietud que emana la composición, capaz de hacernos sentir un ligero reflejo de la ansiada visión beatífica.
La figura de la Santísima Virgen, a pesar de estar resuelta con una sobriedad cromática notable, llena el cuadro y nos subyuga con su ternura, belleza y donaire. Su gesto de madre amantísima, de brazos protectores y manos extendidas; su mirada de amorosa y rendida prestancia; su candor y sinceridad en el gesto; su delicada inclinación hacia sus hijos… Su bello rostro, tan claramente cercano a la rotundidez carnal característica de Rubens, y la larga melena que cae sobre sus hombros, están resueltos eludiendo con oficio y finura cualquier atisbo de sensualidad perturbante. La luz de la Gracia Plena la aureola y diviniza.
Por todo ello consigue Carreño trascender la materialidad del lienzo y remover en nuestra alma nobles efluvios de piedad y devoción. Así logra este gran artista su objetivo, razón de ser de su obra; ese diálogo que ha de establecer el cuadro con el espectador que a su contemplación se entrega. Cuando esta comunicación no existe, si la obra «nos deja fríos», solemos concluir cargados de razón que «no nos dice nada» y pasar de largo. Pero no es el caso.
Hagamos la prueba. Visitemos este altar de la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Almeida y démosle una oportunidad a este gran cuadro. Visítenlo también los escolares y estudiantes de los centros educativos de Sayago. Ellos y nosotros (para disfrutar del arte no hace falta ser intelectuales o doctores), todos, podremos experimentar cómo con su pincelada dividida y cálida, al modo veneciano, Carreño de Miranda tiene el poder de evocar y hacernos sentir el deleite que sólo las grandes obras de arte nos provocan. No cometamos la necedad de obviar tan refinado y enriquecedor placer. ¡Lo tenemos tan a mano!
Este Juan Carreño, que fue pintor de la corte de Felipe IV y de cámara del rey Carlos II, nació en Asturias (no se sabe si en Avilés o en Carreño) en el peor momento quizás para alguien que quisiera ser pintor. ¿Por qué? Pues porque le tocó vivir en el mismo tiempo que Diego de Velázquez, un genio capaz de ensombrecer a todos sus colegas. A pesar de ello, logró Carreño hacerse un sitio y, a partir de 1669, año en que le nombran pintor del rey, se convirtió en uno de los mayores retratistas de la Corte. En esta especialidad del retrato descuella de manera notable y es considerado como uno de los grandes entre los grandes, pues logró aplicar a sus lienzos el estilo aristocrático de su forma de vida, captando con elegancia y psicología los rasgos más significativos de la personalidad de sus personajes. La influencia de Velázquez y de Rubens se deja traslucir en sus obras que, por otra parte, están presentes en museos y pinacotecas del mundo entero. No es un don nadie, ni mucho menos, sino un gran pintor barroco.
La mencionada obra de la parroquia de Almeida, representa a la Virgen del Carmen como protectora de la Orden del Carmelo que acoge maternalmente bajo su manto a Santa Teresa de Ávila y al profeta Elías (en primer término) y a una pléyade de santos y santas carmelitas (como comparsa). La expresión de los rostros de cada uno de estos religiosos manifiesta diversas facetas arquetípicas de la mística: éxtasis, arrobo, piedad, etc. Las miradas y la actitud están marcando el carácter y el grado personal de cada uno en el camino de perfección. A ello añadiremos la atmósfera de sosiego, recogimiento y gozosa quietud que emana la composición, capaz de hacernos sentir un ligero reflejo de la ansiada visión beatífica.
La figura de la Santísima Virgen, a pesar de estar resuelta con una sobriedad cromática notable, llena el cuadro y nos subyuga con su ternura, belleza y donaire. Su gesto de madre amantísima, de brazos protectores y manos extendidas; su mirada de amorosa y rendida prestancia; su candor y sinceridad en el gesto; su delicada inclinación hacia sus hijos… Su bello rostro, tan claramente cercano a la rotundidez carnal característica de Rubens, y la larga melena que cae sobre sus hombros, están resueltos eludiendo con oficio y finura cualquier atisbo de sensualidad perturbante. La luz de la Gracia Plena la aureola y diviniza.
Por todo ello consigue Carreño trascender la materialidad del lienzo y remover en nuestra alma nobles efluvios de piedad y devoción. Así logra este gran artista su objetivo, razón de ser de su obra; ese diálogo que ha de establecer el cuadro con el espectador que a su contemplación se entrega. Cuando esta comunicación no existe, si la obra «nos deja fríos», solemos concluir cargados de razón que «no nos dice nada» y pasar de largo. Pero no es el caso.
Hagamos la prueba. Visitemos este altar de la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Almeida y démosle una oportunidad a este gran cuadro. Visítenlo también los escolares y estudiantes de los centros educativos de Sayago. Ellos y nosotros (para disfrutar del arte no hace falta ser intelectuales o doctores), todos, podremos experimentar cómo con su pincelada dividida y cálida, al modo veneciano, Carreño de Miranda tiene el poder de evocar y hacernos sentir el deleite que sólo las grandes obras de arte nos provocan. No cometamos la necedad de obviar tan refinado y enriquecedor placer. ¡Lo tenemos tan a mano!
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