Martes, 18 de noviembre de 2008


Con ocasión de la publicación de mi libro de relatos, que ostenta el mismo título que este artículo, quiero evocar aquí las fiestas de quintos que antaño eran tan rumbosas y sonadas. Seguro estoy que se mantienen todavía en el baúl de los recuerdos de muchos con viva e imperecedera añoranza. Me refiero a los que en ellas participaron o fueron sus protagonistas, cuando la tiranía de la obligación dejaba poco espacio para la diversión. Lo que hacía que una fiesta así fuera esperada con impaciencia y después vivida con gran intensidad y fruición.

Ahora “entrar en quintas” no altera para nada la vida de nadie. A esa edad los jóvenes de hoy están de vuelta de todo. Con más libertad que los gorriones y una experiencia de la vida en sus aspectos lúdico-festivos que supera en tropecientos años luz a la de sus abuelos. La sociedad de consumo les ha dado cancha desde su pubertad para poder beneficiarse cuanto antes de la capacidad de compra que poseen y les ha validado como clientes de categoría vip. No necesitan más pasaporte ni mejores avales para traspasar el umbral de la mayoría de edad, criados a capricho y complacidos en todo lo que han apetecido desde la infancia.

Antaño la cosa era muy distinta. La prevalencia de los mayores en “edad, dignidad y gobierno” ni siquiera era cuestionada. La estructura social se vertebraba entorno a la familia patriarcal y, en dicho esquema, el individuo completaba su educación y aprendizaje durante el periodo marcado por la costumbre y conforme a las reglas establecidas. No había espacio, en este aspecto, para la improvisación ni para la creatividad. Especialmente en el ámbito rural, en pro de la propia pervivencia, esta normativa no escrita se respetaba con total y ferviente fidelidad a la tradición. “Cuando seas padre, comerás huevos”, era el dicho que escuchaban los mozalbetes, si tenían la osadía de mostrar algún asomo de impaciencia.

Así pues, las celebraciones de quintos correspondían al signo ritual que marcaba un hito en la trayectoria vital del mozo, reconociéndole como miembro de pleno derecho, con potestad para tomar sus propias decisiones y asumir la responsabilidad derivada de las mismas. Naturalmente, el evento era de categoría y merecía una fiesta por todo lo alto.

En Almeida esta fiesta se celebraba el día 5 de enero de cada año, víspera de la Epifanía del Señor o festividad de los Reyes Magos. En aquel tiempo, el servicio militar era para cualquier varón una obligación difícil de eludir y de la que sólo lograban zafarse los afectados por alguna limitación física y los que podían demostrar una situación de grave desvalimiento familiar en su ausencia. El destino de los restantes venía determinado por un sorteo que tenía lugar en la Caja de Recluta de la capital de la provincia. La suerte enviaría a cada uno al regimiento en el que habría de emplear al menos año y medio de su vida en un más que discutible aprendizaje de habilidades y mañas castrenses. Esa partida, algunos para Ceuta, Melilla o Sidi Ifni, otros para ciudades peninsulares siempre lejanas entonces, suponía el descubrimiento del mundo, más allá de los límites del terruño. Ver el mar por primera vez, descubrir el ferrocarril, gustar platos alternativos al garbanzo y a las sopas de ajo… ¡Qué gran aventura para aquellos muchachotes montaraces!

La fiesta tenía un sentido. El día anterior, iban al monte del común para acarrear la leña que quemarían la noche siguiente, en medio de la plaza, estirando la farra hasta la madrugada. Pero antes recorrerían el pueblo, al son de flauta y tamboril, yendo de puerta en puerta reclamando el aguinaldo.

                                    Canta, canta, compañero,
                                     que ya la veo venir
                                     con el candil en la mano
                                     y el “guinaldo” en el mandil.

No faltaban cantos, y tampoco bailes con las comadres o con sus hijas, si accedían. Jotas y charro sayagués. El pueblo entero era invitado al baile de la noche, ya con orquesta o charambita, en el salón. Antes, los quintos celebraban su cena de hermandad. Después, el baile. "La danza sale de la panza", asegura con toda razón un dicho. Y terminado el baile, cuando ya todo el mundo descansaba, ellos se afanaban en hacer memorable la efemérides del evento, pintando un “Vivan los quintos” bien visible, en una fachada céntrica.

                                      Las madres son las que lloran,
                                      que las novias no lo sienten,
                                      se quedan cuatro “gurriatos”
                                      que con ellas se divierten.

Para la mayoría, a pesar de los pesares, “la mili” constituía una experiencia positiva e inolvidable, según confesaban a su regreso.


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Tags: quintos, quinta, servicio militar, mili, sayago, almeida

Publicado por Sayago @ 12:27
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