Mi?rcoles, 10 de diciembre de 2008

En Navidad la abuela prendía en la cocina una lumbre baja de categoría. Un trashoguero, dos ceporros laterales, una buena brazada de leña rocera y chamarasca bien encalcada para temperar la combustión. Había que sentarse en el extremo del escaño más alejado del fuego e incluso desde allí se torraba uno. Chisporroteaba en el hogar la leña de encina bien seca y abundante. Iban llegando los miembros de la familia. A la llegada de cada uno se avivaba la lumbre con un piorno. La llamarada subía por el chupón de la chimenea como una lengua del averno que lamiera el hollín secular de las paredes de la campana. Había que alejarse y dar la espalda a la fogata y, así y todo, un rubor tórrido se nos subía a la cara y la pana de los pantalones se ponía al rojo vivo. Saltaban chispas y las moceñas semejaban mariposas alocadas. ¡Qué alegría!

La abuela era Cándida “Volera”, para los mayores de Almeida que la recuerden todavía. Poca gente, a estas alturas. Ella decía que en Nochebuena podía ocurrir que se presentaran a la puerta de casa la Virgen y San José, ateridos y exhaustos, y que había que darles calor y amparo. La Virgen estaba encinta y a pocas horas del divino alumbramiento. Sólo alguien con un corazón de piedra rechazaría acoger a este matrimonio en su casa en una noche helada del invierno sayagués.

La chiquillería se mantenía expectante, atenta a si llamaban a la puerta. Confiaban los niños en que la visita se produciría en cualquier momento antes de la cena. Alguno pedía a la abuela que dispusiera en la mesa los cubiertos para los probables huéspedes. Compartirían las patatas con bacalao y el pollo de corral en pepitoria; las naranjas del postre y el flan chino mandarín. Después, con la eclosión de villancicos acompañados por zambomba y almirez, con la euforia familiar y la rica cena, se olvidaban por completo de todo lo que fuera ajeno a su fiesta.

Los pastores de Belén
todos juntos van por leña,
para calentar al Niño
que nació en la Nochebuena…

Ande, ande, ande,
la Marimorena.
Ande, ande, ande,
que es la Nochebuena…

La abuela estaba viuda desde hacía años. Dos de sus hijos, Damián y Enrique, emigraron a la Argentina y nunca volvieron. Había siempre un silencio en que los ausentes se hacían presentes con toda la impetuosidad con que nos embraga la nostalgia en noches así. Los recuerdos venían envueltos en el celofán de una lágrima. Pero esa tristeza duraba un momento solo. Habiendo niños, no aguantan las penas.

Se asaban castañas. Se rellenaban higos pasos con trozos de nuez, el turrón del pobre. Con un aguja de media se pinchaban las guindas en aguardiente para sacarlas de la botella. Uh!, picaba la garganta, pero ¡qué bueno! Se asaba, envuelto en papel de estraza y entoñado en  la ceniza de la lumbre, un membrillo de los que se habían conservado entre la ropa del arca.

¡Se fue la luz! De súbito, toda la escena quedaba envuelta en una penumbra que el resplandor de las brasas teñía de arrebolado y mágico tono. Hasta que se prendía el candil de aceite, todo era un poco irreal y etéreo como un sueño. Pero la realidad imponía su ley: la corriente eléctrica se necesitaba toda y con toda su potencia para que las fábricas del norte peninsular trabajaran a destajo. Las manufacturas eran indispensables para redimir de su atraso a la España de la posguerra. Pero no por eso decaía la fiesta. Una ingente y fulgurante luz resplandecía en los corazones de toda la familia.

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Tags: Ameida, Sayago, Navidad, Belén, turrón, luz

Publicado por Sayago @ 16:24
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