Domingo, 01 de febrero de 2009

C
uando yo fui monaguillo, el cura p?rroco de Almeida era don Eduardo Gonz?lez. Un gran presb?tero al que todo el pueblo le estaba reconocido por la valent?a que mostr?, cuando la Guerra,? al evitar que algunos paisanos fueran vilmente asesinados por los hordas homicidas de vengadores y resentidos del r?gimen de terror con que intentaban aniquilar a todo el que no pensara como ellos. Los informes que los curas aportaban sobre conductas y creencias eran decisivos para las actuaciones de aquellos malditos piquetes de ejecuci?n que acud?an, al amparo de la noche, a sacar de sus casas a los que hab?a se?alado como reos de una causa liberticida, en la cual ellos mismos se erig?an en fiscales, jueces y verdugos.

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Ten?a este buen cura ?hay que decir las cosas como son? una obsesi?n desmedida por todo lo relacionado con el sexto mandamiento. Es decir, con la santa pureza o la castidad, como se denominaba entonces a lo que ahora todo mundo llama sexo. ?Me comprenden?
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No hab?a domingo ni fiesta de guardar que cuando don Eduardo sub?a al p?lpito no sacara a colaci?n el tema. Daba igual que el evangelio del d?a tratara de la par?bola de los talentos que de la adoraci?n de los Reyes Magos. Al final, siempre con la misma admonici?n:
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?Pero es que si llega la noche y veis que os falta una gallina, ?acaso no acud?s presurosas a casa de las vecinas a preguntar si la ha visto, angustiada por si le hubiera podido pasar algo o alguien os la pudiera haber robado? ?Claro que lo hac?is! Y a?n m?s, busc?is y rebusc?is por las callejas y rincones del barrio, mirando bien en las oscuridades y recovecos, no sea que all? estuviera y se os pasase desapercibida. ?Sab?is por qu? os tom?is tantas molestias?

?Porque esa gallina tiene una enorme importancia para vosotras; esa ponedora es esencial para la estabilidad presupuestaria de vuestro condumio familiar. Y bien est? lo que hac?is, ?c?mo voy a atreverme a criticar que mir?is por lo vuestro con tanto inter?s y fruici?n?

?Ahora bien, ese mismo d?a, pong?monos en la tesitura de que acaba de terminar el baile. Es noche cerrada, m?s de las diez. Vuestra hija ya ten?a que haber llegado a casa, contando que desde el sal?n deber?a tardar s?lo unos minutos. No os inquiet?is aunque ya se ha sobrepasado con creces ese intervalo razonable de espera. Pasa media hora. Vosotros mismos os tranquiliz?is con cualquier excusa: se habr? entretenido con alguien, alguna amiga le est? contando?

?T?, su madre, que te preocupabas tanto por la gallina, ?ignoras que la prenda m?s valiosa de tu casa, la honra de tu hija, pudiera estar ahora siendo mancillada por cualquier desaprensivo? ?Qu? haces que no dejas todo y sales presurosa en su b?squeda para salvarla de la mayor desgracia y oprobio que le puede suceder: que un perdulario cualquiera le robe la c?ndida flor de su pureza? ?Acaso es m?s grande el amor que mostrabas por la gallina que el que como madre debes a tu hija? ?Ah desgraciada, el infierno est? lleno de madres comodonas y desaprensivas que hicieron dejaci?n de su misi?n de vigilancia y amparo para mantener intacta la castidad de sus hijas! ?Sal de tu casa antes de que sea tarde; deja todo y l?nzate presurosa a rebuscar entre las sombras de la noche para salvar del ignominioso pecado de impureza a esa hija a la que acecha el lascivo para mancillarla y deshonrarla para siempre!?.

Si as? era en cualquier tiempo, se pueden imaginar el d?a de Santa ?gueda que tan a cuento ven?a la pr?dica. Ya se sabe la lucha de esta buena mujer, all? por el? S. III, por preservar su virginidad? El senador Quintianus intent? poseerla aprovechando las persecuciones que el emperador Decio realiz? contra los cristianos. El senador fue rechazado por la joven que ya se hab?a comprometido con Jesucristo. Quintianus intent? con ayuda de una mala mujer, Afrodisia, convencer a la joven ?gueda, pero ?sta no cedi?.

El senador en venganza por no conseguir sus placeres la env?? a un lupanar, donde milagrosamente logr? conservar su virginidad. A?n m?s enfurecido, orden? que torturaran a la joven y que le cortar?n los senos. La respuesta de la luego santa fue: ?Cruel tirano, ?no te da verg?enza torturar en una mujer el mismo seno con el que de ni?o te alimentaste??. Aunque en una visi?n vio a San Pedro y este cur? sus heridas, sigui? siendo torturada y fue arrojada sobre carbones al rojo vivo en la ciudad de Catania, Sicilia (Italia). Adem?s se dice que lanz? un gran grito de alegr?a al expirar, dando gracias a Dios.

?Recuerdan que empec? cont?ndoles que yo fui monaguillo? Pues ver?n, en la parroquia de nuestro pueblo, la imagen de Santa ?gueda se hallaba expuesta en una de las hornacinas del altar de San Roque, en el lado derecho del presbiterio. Todo el mundo en Almeida sabe de que hablo, pues es la que sale en procesi?n en la fiesta de ?Las Aguedas?. La susodicha imagen muestra los pechos juveniles de la santa en una bandeja que lleva en su mano.

El bueno de don Eduardo, a pesar de que los senos mencionados son tan inertes y de madera como el resto de la imagen, quer?a preservar a los monaguillos del azote ominoso de la tentaci?n de la carne y, para impedir que toc?ramos el par de tetas, cuando nos mandaba limpiar el polvo de aquel altar, advert?a:

?!Limpiad bien todo, excepto la imagen de Santa ?gueda!

El efecto que con esto consegu?a, en el tiempo del depertar de nuestra pubertad, era que en vez de amortiguar los impulsos de nuestra l?vido, los excitaba mucho m?s.

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Tags: Agueda, Almeida, teta, pecho, monaguillo, livido, pureza

Publicado por Sayago @ 16:16
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