
Cuando yo fui monaguillo, el cura párroco de Almeida era don Eduardo González. Un gran presbítero al que todo el pueblo le estaba reconocido por la valentía que mostró, cuando la Guerra, al evitar que algunos paisanos fueran vilmente asesinados por los hordas homicidas de vengadores y resentidos del régimen de terror con que intentaban aniquilar a todo el que no pensara como ellos. Los informes que los curas aportaban sobre conductas y creencias eran decisivos para las actuaciones de aquellos malditos piquetes de ejecución que acudían, al amparo de la noche, a sacar de sus casas a los que había señalado como reos de una causa liberticida, en la cual ellos mismos se erigían en fiscales, jueces y verdugos.
Tenía este buen cura —hay que decir las cosas como son— una obsesión desmedida por todo lo relacionado con el sexto mandamiento. Es decir, con la santa pureza o la castidad, como se denominaba entonces a lo que ahora todo mundo llama sexo. ¿Me comprenden?
No había domingo ni fiesta de guardar que cuando don Eduardo subía al púlpito no sacara a colación el tema. Daba igual que el evangelio del día tratara de la parábola de los talentos que de la adoración de los Reyes Magos. Al final, siempre con la misma admonición:
—Pero es que si llega la noche y veis que os falta una gallina, ¿acaso no acudís presurosas a casa de las vecinas a preguntar si la ha visto, angustiada por si le hubiera podido pasar algo o alguien os la pudiera haber robado? ¡Claro que lo hacéis! Y aún más, buscáis y rebuscáis por las callejas y rincones del barrio, mirando bien en las oscuridades y recovecos, no sea que allí estuviera y se os pasase desapercibida. ¿Sabéis por qué os tomáis tantas molestias?
»Porque esa gallina tiene una enorme importancia para vosotras; esa ponedora es esencial para la estabilidad presupuestaria de vuestro condumio familiar. Y bien está lo que hacéis, ¿cómo voy a atreverme a criticar que miréis por lo vuestro con tanto interés y fruición?
»Ahora bien, ese mismo día, pongámonos en la tesitura de que acaba de terminar el baile. Es noche cerrada, más de las diez. Vuestra hija ya tenía que haber llegado a casa, contando que desde el salón debería tardar sólo unos minutos. No os inquietáis aunque ya se ha sobrepasado con creces ese intervalo razonable de espera. Pasa media hora. Vosotros mismos os tranquilizáis con cualquier excusa: se habrá entretenido con alguien, alguna amiga le está contando…
»Tú, su madre, que te preocupabas tanto por la gallina, ¿ignoras que la prenda más valiosa de tu casa, la honra de tu hija, pudiera estar ahora siendo mancillada por cualquier desaprensivo? ¿Qué haces que no dejas todo y sales presurosa en su búsqueda para salvarla de la mayor desgracia y oprobio que le puede suceder: que un perdulario cualquiera le robe la cándida flor de su pureza? ¿Acaso es más grande el amor que mostrabas por la gallina que el que como madre debes a tu hija? ¡Ah desgraciada, el infierno está lleno de madres comodonas y desaprensivas que hicieron dejación de su misión de vigilancia y amparo para mantener intacta la castidad de sus hijas! ¡Sal de tu casa antes de que sea tarde; deja todo y lánzate presurosa a rebuscar entre las sombras de la noche para salvar del ignominioso pecado de impureza a esa hija a la que acecha el lascivo para mancillarla y deshonrarla para siempre!».
Si así era en cualquier tiempo, se pueden imaginar el día de Santa Águeda que tan a cuento venía la prédica. Ya se sabe la lucha de esta buena mujer, allá por el S. III, por preservar su virginidad El senador Quintianus intentó poseerla aprovechando las persecuciones que el emperador Decio realizó contra los cristianos. El senador fue rechazado por la joven que ya se había comprometido con Jesucristo. Quintianus intentó con ayuda de una mala mujer, Afrodisia, convencer a la joven Águeda, pero ésta no cedió.
El senador en venganza por no conseguir sus placeres la envíó a un lupanar, donde milagrosamente logró conservar su virginidad. Aún más enfurecido, ordenó que torturaran a la joven y que le cortarán los senos. La respuesta de la luego santa fue: «Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?». Aunque en una visión vio a San Pedro y este curó sus heridas, siguió siendo torturada y fue arrojada sobre carbones al rojo vivo en la ciudad de Catania, Sicilia (Italia). Además se dice que lanzó un gran grito de alegría al expirar, dando gracias a Dios.
¿Recuerdan que empecé contándoles que yo fui monaguillo? Pues verán, en la parroquia de nuestro pueblo, la imagen de Santa Águeda se hallaba expuesta en una de las hornacinas del altar de San Roque, en el lado derecho del presbiterio. Todo el mundo en Almeida sabe de que hablo, pues es la que sale en procesión en la fiesta de «Las Aguedas». La susodicha imagen muestras los pechos juveniles de la santa en una bandeja que lleva en su mano.
El bueno de don Eduardo, a pesar de que los senos mencionados son tan inertes y de madera como el resto de la imagen, quería preservar a los monaguillos del azote ominoso de la tentación de la carne y, para impedir que tocáramos el par de tetas, cuando nos mandaba limpiar el polvo de aquel altar, advertía:
—!Limpiad bien todo, excepto la imagen de Santa Águeda!
El efecto que con esto conseguía, en el tiempo del depertar de nuestra pubertad, era que en vez de amortiguar los impulsos de nuestra lívido, los excitaba mucho más.
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