S?bado, 04 de julio de 2009


Aquellas siestas eran la desolaci?n absoluta. El pueblo se quedaba despoblado como si una bomba qu?mica hubiera aniquilado a todo bicho viviente, borrando del mapa toda existencia, todo rebullir. Ni piaban los p?jaros, ni cacareaban las gallinas, ni ladraban los perros. S?lo las moscas, todas las malditas moscas del mundo, hab?an salvado el pellejo. Por lo dem?s, silencio sepulcral. y calma chicha. Una flama achicharrante envolv?a las casas y el paisaje, aplastando todo insidiosamente, hasta dejarlo ex?nime, asfixiado, yerto. Si mirabas los tejados, ve?as c?mo las tejas reflejaban la lumbrarada del sol en unas ondas de vapor azulado con chiribitas. Si mirabas el suelo, ve?as el piso del horno de cocer el pan aguardando que la pala depositara el tendido para su cochura.

?Eran d?as de siega y en casa quedaban s?lo los viejos y los rapaces que para nada serv?an. Los dem?s al tajo, en Valdejinagua, en la Fuente la Mora, en el Bostal o en Navaquemada, apresurando la siega para salvar el grano de los temibles pedriscos, tan probables como perniciosos en verano.

?De muchacho, ya se sabe, uno es reacio a dormir la siesta. Dormir es no vivir, al fin y al cabo. As? que mi abuela ten?a la zapatilla como arma de convicci?n masiva. Pero yo, no ten?a m?s que esperar a que el sopor anulara todas sus potencias disuasorias, para salir zumbando Y entonces?

?El punto de reuni?n eran los ojos del Puente Viejo. Ven?an Miguel Angel Casanueva (q.e.p.d.), Luis, el del teniente, a quien dec?amos ?Verruga? o ?Verruguita? y alguno de los ?Barbericos?, Jes?s casi siempre y, si ya hab?a llegado de Madrid, tambi?n Salvador Parra ?Salvita? (ya fallecido tambi?n), nieto de Constante Aldanas y sobrino de Presenta, la del caf? ?Aldanas?. A ambos, padre e hija, tiene Dios recogidos tiempo ha.

La rivera de Bel?n era un arenal como el Sahara. Seca toda, salvo el cadozo Oscuro y alguna exigua charquita junto a las pe?as, aguas abajo, pasados los Pontones. Y all? pon?amos los palitos para atrapar con liga a los pardales que no ten?an otro sitio en que beber. La t?rrida can?cula forzaba a los p?jaros a tener que salvar cualquier obst?culo para llegar al agua y refrescarse. Pero cuando quer?an alzar el vuelo, el pegamento hab?a embadurnado sus plumas y sus alas quedaban trabadas por la varilla, impidi?ndoles escapar.

Otras veces, agachados y sigilosos, pegados a la tapia de la huerta de Segundo Dolores o de la de Cheo (?cuanta gente se nos ha ido ya, demontre!), nos situ?bamos bajo las ramas de los frutales que sobresal?an de la pared y, a pedradas, hac?amos caer peras o ciruelas. Fruta deliciosa que, por ser robada, era la m?s gustosa que hab?amos comido jam?s. Una gozada. Aunque a veces trajeran consigo el amargor de una emboscada o una persecuci?n por parte de Antonio Dolores o de Tomas?n "el de la Cubana", que se hab?an quedado vigilantes y atentos a sus frutales. Si esto ocurr?a, sol?amos escapar hacia la Cortina de la Feria , por detr?s del corral de Concejo, y subir, bordeando las cortinas de la trasera de? la casa de ?la Nena? y del se?or Juan de Villor?a, hasta ganar un callej?n que desembocaba en la cuesta de los Santarenes, pasada la f?brica de harinas. Al final, bajo el chorro del Ca?o, recuper?bamos el resuello y las fuerzas para emprender nuevas picard?as, si daba tiempo.

??Benditas siestas de anta?o! ?Benditas travesuras en aquel Almeida que se quedaba? desierto, el pueblo entero s?lo para nosotros, ansiosos de afirmar nuestra libertad y solvencia para autoconvencernos de que ya no ?ramos unos ni?os!

?No sab?amos, entonces, lo lamentable y peligroso que es hacerse viejos.

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Tags: almeida, sayago, siesta, rivera, pared, huerta, pardal

Publicado por Sayago @ 12:22
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