
Aquellas siestas eran la desolación absoluta. El pueblo se quedaba despoblado como si una bomba química hubiera aniquilado a todo bicho viviente, borrando del mapa toda existencia, todo rebullir. Ni piaban los pájaros, ni cacareaban las gallinas, ni ladraban los perros. Sólo las moscas, todas las malditas moscas del mundo, habían salvado el pellejo. Por lo demás, silencio sepulcral. y calma chicha. Una flama achicharrante envolvía las casas y el paisaje, aplastando todo insidiosamente, hasta dejarlo exánime, asfixiado, yerto. Si mirabas los tejados, veías cómo las tejas reflejaban la lumbrarada del sol en unas ondas de vapor azulado con chiribitas. Si mirabas el suelo, veías el piso del horno de cocer el pan aguardando que la pala depositara el tendido para su cochura.
Eran días de siega y en casa quedaban sólo los viejos y los rapaces que para nada servían. Los demás al tajo, en Valdejinagua, en la Fuente la Mora, en el Bostal o en Navaquemada, apresurando la siega para salvar el grano de los temibles pedriscos, tan probables como perniciosos en verano.
De muchacho, ya se sabe, uno es reacio a dormir la siesta. Dormir es no vivir, al fin y al cabo. Así que mi abuela tenía la zapatilla como arma de convicción masiva. Pero yo, no tenía más que esperar a que el sopor anulara todas sus potencias disuasorias, para salir zumbando Y entonces…
El punto de reunión eran los ojos del Puente Viejo. Venían Miguel Angel Casanueva (q.e.p.d.), Luis, el del teniente, a quien decíamos “Verruga” o “Verruguita” y alguno de los “Barbericos”, Jesús casi siempre y, si ya había llegado de Madrid, también Salvador Parra “Salvita” (ya fallecido también), nieto de Constante Aldanas y sobrino de Presenta, la del café “Aldanas”. A ambos, padre e hija, tiene Dios recogidos tiempo ha.
La rivera de Belén era un arenal como el Sahara. Seca toda, salvo el cadozo Oscuro y alguna exigua charquita junto a las peñas, aguas abajo, pasados los Pontones. Y allí poníamos los palitos para atrapar con liga a los pardales que no tenían otro sitio en que beber. La tórrida canícula forzaba a los pájaros a tener que salvar cualquier obstáculo para llegar al agua y refrescarse. Pero cuando querían alzar el vuelo, el pegamento había embadurnado sus plumas y sus alas quedaban trabadas por la varilla, impidiéndoles escapar.
Otras veces, agachados y sigilosos, pegados a la tapia de la huerta de Segundo Dolores o de la de Cheo (¡cuanta gente se nos ha ido ya, demontre!), nos situábamos bajo las ramas de los frutales que sobresalían de la pared y, a pedradas, hacíamos caer peras o ciruelas. Fruta deliciosa que, por ser robada, era la más gustosa que habíamos comido jamás. Una gozada. Aunque a veces trajeran consigo el amargor de una emboscada o una persecución por parte de Antonio Dolores o de Tomasín "el de la Cubana", que se habían quedado vigilantes y atentos a sus frutales. Si esto ocurría, solíamos escapar hacia la Cortina de la Feria , por detrás del corral de Concejo, y subir, bordeando las cortinas de la trasera de la casa de “la Nena” y del señor Juan de Villoría, hasta ganar un callejón que desembocaba en la cuesta de los Santarenes, pasada la fábrica de harinas. Al final, bajo el chorro del Caño, recuperábamos el resuello y las fuerzas para emprender nuevas picardías, si daba tiempo.
¡Benditas siestas de antaño! ¡Benditas travesuras en aquel Almeida que se quedaba desierto, el pueblo entero sólo para nosotros, ansiosos de afirmar nuestra libertad y solvencia para autoconvencernos de que ya no éramos unos niños!
No sabíamos, entonces, lo lamentable y peligroso que es hacerse viejos.
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