Viernes, 10 de julio de 2009
 

En un poyo, a la puerta de la taberna de la Gilda, el tío Pernilla mataba el rato al fresco.

Volvía yo del Barrio Abajo, de acompañar a Lourditas, la hija de don Panta el secretario, hasta la botica vieja, a la salida del rosario. Me hizo el vejete una seña para que me acercara, con ganas de pegar la hebra un rato, aburrido como estaba.

—No me puedo entretener, casi es hora de cenar ya  —me excusé.

Y a renglón seguido, educadamente, le saludé:

—Muy buenas.

—Más para unos que para otros, galán —me respondió—. ¡Me cambiaba por ti ahora mismo! Por buenas que sean, si te refieres a las noches, las mías son todas oscuras y baldías

 Los dos nos quedamos callados en este punto.  No esperaba yo una salida tan lastimosa de quien siempre mostraba buen humor y sobrada guasa.

Así que, por romper el silencio más que nada, le comenté con ánimo de pasar página:

—Tenemos San Roque encima, sin casi darnos cuenta.

Demoró de nuevo la respuesta. Parecía como si algún impedimento le paralizara su habitual chispa. Pensé yo que tal vez le afectaba el calor o la nostalgia o, simplemente, los años. Pero al fin habló:

—Mira, perillán, cuando yo tenía tus años, contaba los días que faltaban para la fiesta y ni siquiera en la víspera me parecían pocos. Y no te quiero decir de cuando andaba de trillique en la dehesa de Paredes…, entonces  se  me hacían los días largos como penas de purgatorio. ¡Uy, majo, qué ansia!

Pasó veloz la sombra chinesca de un murciélago cerca de nuestras cabezas. La seguimos con la vista hasta atisbar la silueta oscura del mustélido recortarse en el fondo luminoso de una de las bombillas del alumbrado de la calle. A toda leche y en vuelo acrobático ni fallaba devorando mosquitos ni rozaba obstáculo alguno que se interpusiera en su camino. Y, además, a oscuras.

—Bueno… —el tono con que yo empezaba la frase no dejaba duda de que quería irme. Pero él reaccionó rápido como un cohete.

—Ni se te ocurra —me cortó, queriendo impedir incluso que expresara mis intenciones con palabras—. Te voy a contar lo que aconteció en un San Roque de hace años. ¡Es para mearse de risa, ya lo verás!

—Pues abrevie lo más posible, porque si no…

—Sin arrumacos, ¡eh!. Arranco y no paro, que no quiero que te regañen en casa por mi culpa.

Se irguió, se llevó la mano a la boina y se la colocó, trayéndola hacia delante y estirando el pliegue frontal para formar  una pequeña visera; tomó aire; me miró de frente. Yo también le miré a él. Ahora sí estaba el barbián en su ser más glorioso y bizarro, era como una aparición de sí mismo con el vigor de treinta años atrás. Así, transfigurado y pletórico, comenzó su relato:

—La cosa no es de hoy. A mi me lo contó un hermano de mi padre que en paz descanse. Pero en esto no me quiero entretener en darte explicaciones. Remigio se llamaba. Ocurrió cuando era cura de Almeida un tal don Bernabé, hace ya años. No puedo decirte quien era el sacristán, lo que sí sé es que eran mayordomos aquel año José Martín Pérez, el zapatero, y Cándida Fuentes Mayor, su mujer. Gentica humilde, ya sabes.

¡Ah!, leñe, se me olvidaba detallarte que el San Roque de entonces, la imagen, me refiero, no era la de ahora. Era un santón de madera, más viejo que Matusalén, al que se le veía bien la cara pero lo demás estaba sin pintar y muy descalabrado. Total que cuando las fiestas, para la procesión y el ofertorio, se le vestía con su traje de toda la vida. Un terno, que de ser  tan de toda la vida ya se caía a pedazos de puro viejo. Un andrajo, vamos.

El cura le dijo al sacristán:

—Anda, avía la burra y llégate a Zamora, busca una ropería y compra un traje nuevo a nuestro patrón San Roque, éste que tiene es un giñapo que ni para trapos del polvo sirve ya.

Y le dio dinero del cepillo de la cofradía.

¡Qué mejor encargo para un sacristán que era un manirroto y un  jugador empedernido! No estaba el párroco al corriente de estos vicios de su ayudante, de otro modo no hubiera confiado esta embajada a semejante perdulario. Pero, como digo, estaba en ayunas y además muy ocupado. De ahí el desastre que sobrevino después.

¡Vaya! En este mismo momento, el pregonero se puso a echar un bando a  la puerta de la casa de Florencio Aguilar, en la esquina que da a la Plaza. Tocó la corneta y él se calló para escuchar las novedades: primero, que había llegado "fresco" a casa del Guardamontes y, luego, que no sé que día vendrían a cobrar los consumos. Habían salido las mujeres de sus cocinas, sin quitarse el mandil, y hasta que no se volvieron a lo suyo, él no prosiguió la historia.

—¿Qué te parece que hizo el jodio sacristán nada más llegar a Zamora? Pues  lo que más le prestaba, ni más ni menos que meterse en una timba de tahúres. ¿Y cómo crees que acabó? Pues sin una perra, claro. Mejor dicho, cuando ya sólo le quedaba un real, se acordó del encargo del cura y salió corriendo a comprar el traje de San Roque. Fue a casa de un trapero y lo único que pudo mercar con tan escaso remanente fue un viejo uniforme de guardia civil.

—¿Compraste el traje del santo? —le preguntó el párroco al día siguiente, cuando estuvo de vuelta, que era ya la víspera de la fiesta.

—Sí por cierto.

—Pues se lo pones y lo dejas tapado con un lienzo para que cuando mañana, en el sermón de la Misa mayor yo te haga una seña, lo destapes y todo el pueblo pueda admirarlo.

El día grande la iglesia estaba a rebosar de fieles, pues habían venido muchos de fuera, hijos del pueblo que vivían en las capitales y por ahí lejos. El párroco, desde el púlpito, llegado el momento, advirtió al sacristán con la seña convenida y éste descubrió la imagen del santo.

Un murmullo general de sorpresa se levantó en la nave del templo, pues al aparecer la imagen vestida de aquella guisa, todos se preguntaban: "Pero, ¿es éste San Roque? ¡No lo conoce ni su padre!"

—¡Y tanto! —asintió el cura—. ¡Cómo que  su perro ha estado toda la mañana ladrándole, creyendo que era un extraño y al final ha salido de estampida a buscarlo por ahí afuera!

Toda la gente se hartó de reír. ¡Fue la caraba!

Safe Creative #0907104114421


Tags: almeida, san roque, ofertorio, guardia civil, sacristán, perro, traje

Publicado por Sayago @ 20:11
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios