
Los sayagueses sin los huevos no seríamos nada. Me refiero a los que ponen las gallinas, claro. Sin ellos no hubiéramos podido medrar, en los viejos tiempos, ni sobrevivir a los años del hambre, ni llegar a poder contarlo. Las gallinas y su fruto; el cerdo y sus chacinas (para los más pobres sólo el tocino); las patatas y el garbanzo: sota, caballo y rey del yantar tradicional diario en las humildes mesas sayaguesas.
Pero no queda aquí la cosa.
Los huevos, por encima de todos los demás recursos. Primero, porque estaban a mano de cualquiera (no es una picardía), es decir, que unas gallinicas las podía tener todo quisqui y así los huevos le llegaban por el conducto reglamentario. Y en segundo lugar, porque los huevos eran moneda corriente para pagar las compras, mediante el socorrido sistema del trueque, forzosamente generalizado en una economía de subsistencia y carente de moni. Ir a comprar con huevos a la tienda de coloniales era lo usual, hasta casi la mitad del pasado siglo. Al igual que pagar con grano al médico, al albéitar, al barbero o las rentas de las tierras. Muchos hemos conocido y sobrevivido a estos usos. Un corte de sábanas de lienzo moreno, dos docenas. Puntillas para una enagua, media docena. Percal para un mandil, tres huevos. Aceite, bacalao, azúcar…
No se me va la olla. no. Todavía mis neuronas responden como es debido. Estoy en lo que estaba: la romería de Almeida.
En el presente, ya está casi olvidada por razones obvias la vieja costumbre de que los huevos cocidos fueran indispensables en el almuerzo campestre de las familias. La comida entre las encinas, a la brigada de las carrascas, sigue siendo un rito de obligado cumplimiento hoy. Una tradición que no se ha perdido, pero que ha ganado mucho en variedad, abundancia y calidad gastronómica, gracias al buen nivel de vida que ahora, por fortuna, disfrutamos. Pero los huevos duros han caído en desuso, si no me equivoco.
Sin embargo, antaño, para entretener a la chavalería en el tiempo que mediaba entre el final de la misa y el comienzo de la cuchipanda (un rato que los adultos ocupaban con una sesión de baile "vermout" al aire libre y con la recogida del vino que regalaba el Ayuntamiento), los abuelos escondían huevos entre las carrascas e incitaban a los peques a buscarlos. “Hay un nial por aquí…” “Cuando yo era muchacho, me sabía un nido…” “Frío, frío…” Idas y venidas… Busca y rebusca… “Caliente, caliente…” ¡Por fin un huevo! ¡Toma, otro! Llegó el momento de extender los manteles, destapar las fiambreras y sentarse a comer. ¡Buen provecho!
Hablamos de la romería de mi pueblo, pero en las de los otros de alrededor se repite la historia. Tanto más, incluso; como ocurre con la de Bermillo, conocida como “San Juan de los Huevos”. Habrá que preguntarse a qué responde esta constante que, lógicamente, no es una mera casualidad.
Desde que el hombre es hombre contempló al huevo como un misterio inexplicable y asombroso: algo inerte y hermético que crea vida. De ahí que esté presente en prácticamente todo el mosaico de religiones del mundo, considerado como símbolo del poder y la fuerza que emana de la divinidad, cuando no la imagen de ella misma y por lo tanto objeto de culto y adoración. Hay abundante bibliografía sobre el tema, si bien vamos a reseñar únicamente dos obras fundamentales: El hombre y sus símbolos de Carl G. Jung y el Diccionario de Símbolos de J. E. Cirlot, para mayor ilustración de los interesados.
El cristianismo consideró idónea y aprovechable esta simbología y la adoptó para significar el Misterio Pascual: la muerte y resurrección de Cristo. Efemérides que coincide con el inicio de la primavera, no casualmente. En primavera, la Naturaleza sale de su letargo, iniciándose un nuevo ciclo vegetal. Es el despertar a la vida. Si esto lo trasladamos al terreno espiritual, la Pascua representa la vida nueva renacida que culmina con el triunfo sobre la muerte. Así pues, para resaltar las evocaciones de la fecundidad, la vida y la renovación, la asociación Pascua, Primavera y Huevo, no puede ser más oportuna y elocuente. De ahí la costumbre de los huevos de Pascua, en las ciudades y de los huevos duros, en el medio rural. Todo tiene su explicación.
Dicho lo cual, hago votos para que reine el buen tiempo y el buen humor y nuestra Romería de San Marcos se celebre con la mayor alegría y brillantez este año.