Por ahora, estoy documentándome; cuando lo esté del todo, escribiré sobre ese asunto. De momento, sólo mencionaré a un pariente lejano, mi tío Ignacio Martín, “Ignacio Marinico”. Además de tendero, en la única tienda con jardín que había en el pueblo, vendía máquinas de coser, bajo pedido. Imagino que sería subagente de la delegación de Zamora de la empresa Estarta y Ecenarro S.A., de Elgoibar (Guipúzcoa), fabricantes de las máquinas “Sigma”. De escasa talla física, este comerciante era, sin embargo, un adelantado de la moderna mercadotecnia y así lo puso en evidencia apoyando infatigablemente el establecimiento de una feria mensual en Almeida, que llegó a funcionar bien durante unos años y después languideció y acabó borrada del calendario de eventos sayagueses. Me estoy refiriendo a los años finales de la década de los 40 y primeros de la siguiente.
Poco antes, mi madre le había comprado una de aquellas máquinas. El modelo más sencillo, seguramente también el más barato. La única característica técnicamente singular era que se podía esconder su cabezal mecánico en la barriga del mueble y, plegando un flanco abatible, podía utilizarse como mesa o consola. Por lo demás, las patas metálicas, la rueda del volante y el pedal, todos de hierro, eran semejantes a los de las máquinas más antiguas, de la marca “Singer” por lo general.
Con ocasión de esta venta, o bien por el parentesco familiar que unía al comerciante con mis padres, éste aprovechó para colocar un cartel mural de propaganda de sus máquinas en el tabique frontal de nuestra zapatería. Carteles publicitarios había pocos en los pueblos de Sayago por aquel entonces. Algunos de nitratos y, sobre todo, en la botica, de específicos o fármacos: “Tintes Iberia”, “Tableta Okal”, “Salicilato de Bismuto”, “Insecticida Orión” o del desinfectante “Zotal”, no muchos más. Seguramente “Marinico” pensó que, como pasaba mucha gente por la zapatería, pues eran tiempos duros y el calzado se remendaba y se remendaba hasta que no aguantaba más, este establecimiento constituía un buen escaparate publicitario para su producto. Así pues, el cartel presentaba algunas fotos de sus máquinas de coser y, en grandes letras, un eslogan, que fue esencial y trascendente para mi vida. “Si el tiempo es oro, ‘Sigma’es un tesoro”, rezaba. En los trazos de su grafía empecé yo por reconocer las letras, a balbucir sus sílabas y, por fin, a soltarme a leer. En este orden; a su tiempo y progresivamente. Más tarde, quise saber qué significaba la frase aprendida de memoria y, naturalmente, mis padres no perdieron la oportunidad de instruirme, en base a sus profundas convicciones sayaguesas: “Hijo, recuerda siempre que a los pobres no nos está permitido hacer el zángano y que sólo aprovechando bien el tiempo podrás labrarte un futuro en la vida. Así es como lograrás que el tiempo se convierta en oro y, con los años podrás, si cuidas de no dilapidarlo, poseer un maravilloso tesoro: en tu caso, el más valioso, el del saber”.
Quedé fascinado. ¡Cuántas y qué profundas cosas se podían decir con tan sólo tres palabras y un verbo! Este fue el arranque de mi vocación por ordenar los morfemas de modo que llegasen a expresar con precisión y elegancia las ideas o los hechos que se quisiera comunicar a otros y que éstos comprendieran perfectamente su sentido y hasta puedieran disfrutar con su lectura. Subyugado por esta excelsa magia, nació en mí el afán irresistible de ser escritor, oficio glorioso, al que tantos años llevo entregado.
Bien, pues andando los años, sobre la mencionada máquina de coser en funciones de mesa, en el cuarto de atrás de la zapatería, que era el dormitorio de mis padres, estudiaba yo mis asignaturas de los primeros cursos de bachillerato. En el manual de una de ella, “Lengua y Literatura Españolas” de J. M. Blecua, el autor añadía al final de cada lección un retazo de texto de alguna de las obras del escritor objeto de estudio. Los textos seleccionados correspondían a los autores más representativos de nuestra literatura desde sus orígenes hasta la época contemporánea. Su lectura me descubrió versos y prosas evocadoras y primorosas que sublimaron mi fantasía y enardecieron mis deseos de emularlos. El Romancero, Jorge Manrique, Grcilaso, Cervantes, Calderón de la Barca, Becquer, Zorrilla, Galdós, Valle Inclán…
De este último, el peculiar don Ramón María de Valle Inclán, me marcó honda y de imperecedera forma su excelentísimo relato corto titulado “El miedo” (son dos folios y se puede leer en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/inclan/miedo.htm). He aquí una prosa magistral, armónica, perfecta en su forma narrativa y capaz de dar vida al relato, llena de plasticidad y sensualidad… Sensaciones, olores, colores, clímax de misterio, sonidos, personajes imponentes… Los grandes genios nos descubren emociones y sentimientos que los demás mortales no sabemos apreciar en la realidad y, dejándonos llevar de su mano, sin embargo, se nos desvelan con manifiesta claridad y nos conmueven profundamente. Con la música pasa lo mismo. Escuchar a Rachmaninov, Mahler o Sibelius nos produce efectos muy semejantes, si no idénticos, a la lectura de Cernuda, Delibes o Juan Ramón. Por eso merece la pena dejarse embriagar por el muy deleitoso embeleso de sus obras. Quien no lo haya experimentado aún, hágalo ya. Le puedo garantizar que no ha de quedar defraudado.