
“Es gente humilde”, se decía, refiriéndose a los labradores de escasa labor o a la gentica que carecía de hacienda o de posibles. No eran pobres harapientos o menesterosos, pero tampoco de los que contaban socialmente.
Mi familia, por ejemplo, era gente humilde. Mis abuelos paternos, José Martín Pérez y Cándida Fuentes Mayor, cuando se casaron no tenían ni donde caerse muertos. Emigraron a la República Argentina y cuando tuvieron para comprar la casa y una cortina, se embarcaron en BuenosAires y regresaron a Almeida. Al poco tiempo, decidieron volver a cruzar “el charco”, ya con hijos, para poder tratar de conseguir algunos cuartos más. Esta vez rumbo a Cuba. A la vuelta pudieron adquirir dos tierricas más, una en Val de San Pedro y la otra en Peña Aguda. Después, cuando murió mi abuelo, mi padre se hizo cargo del taller y de amparar a mi abuela y a mi tía María, su hermana pequeña, soltera hasta la muerte. Mi madre era de Villamor de Cadozos y, aunque su familia estaba en otro nivel, aceptó por amor la humildad de vida y el engorro de una suegra y una cuñada a perpetuidad. Santa ella, bondadosa, sensible e inteligente. Mi padre, honrado hasta perjudicarse, currante y responsable.
Con la perspectiva de los años, sé que crecer y educarme, mamar los valores y virtudes en los que estas gentes humildes creían y practicaban, ha sido la mayor y mejor suerte de mi vida. Ellos me hicieron cómo soy (también mis maestros y el ejemplo de muchos convecinos, justo es decirlo) y forjaron los cimientos sobre los que asentar y poner por obra los pilares que sustentan la razón de mi existencia. Entre los principales, la humildad.
Hay un novelista japonés al que yo admiro y leo. Se llama Haruki Murakami. Además de un gran escritor es muy buena gente. Ha escrito en 2007 un libro de enorme éxito mundial, De qué hablo cuando hablo de correr, al que la crítica norteamericana ha calificado de “relato fascinante, una joya brillante y rara”. Dice este gran escritor, que ha deslumbrado a la crítica más exigente y hechizado a miles de lectores: “Creo que fue cuando tenía dieciséis años. Aguardé a que todos se hubieran marchado de casa, me desnudé ante un gran espejo y me puse a observar minuciosamente mi cuerpo. Fui anotando en una lista, una por una, todas las cosas de mi cuerpo que (me parecía) estaban un poco por debajo de la media. Por ejemplo (y esto no es más que un ejemplo), mis cejas estaban demasiado pobladas, las uñas de mis manos no eran bonitas, y cosas por el estilo. Recuerdo que encontré en total, veintisiete. Al llegar a ese número me sentí fatal y dejé de explorarme. Si tomando sólo las partes visibles de mi anatomía, pensé, encontraba tantas cosas un poco por debajo de la media, al explorar otras regiones (como la personalidad, el juicio o la capacidad física), la lista nunca acabaría.”
Algo, estoy seguro, tienen que ver los ejercicios de humildad que desde muy joven viene practicando el gran Murakami con el hecho de haber llegado tan lejos. Alguien debió enseñarle aquella vieja máxima de “si quieres ser grande, hazte pequeño”. O, tal vez, bastó con un simple “no te engañes a ti mismo, sé valiente y acéptate tal como eres”.
Me gusta releer al P. Alonso Rodríguez (me subyugan su esplendoroso lenguaje y llano estilo), autor del famoso e inveterado Ejercicio de perfección y virtudes cristianas (1614). En él, tratando de la humildad, dice: “Con mucha razón por cierto y con mucha propiedad comparan los Santos al cuerpo humano a un muladar cubierto de nieve, que por de fuera parece blanco y hermoso, y dentro está lleno de inmundicias y suciedades. Dice el bienaventurado San Bernardo: Si os ponéis a considerar lo que echáis por los ojos, oídos, boca y narices y por los demás albañares del cuerpo, no hay muladar tan sucio, ni que tales cosas eche de sí. ¡Oh, qué bien dijo el Santo Job! (17,14). "¿Qué es el hombre, sino un poco de podre y un manantial de gusanos? A la podre dije: Tú eres mi padre". La semejanza que hay de podre a padre, ésa y más hay de nosotros a podre. "Y a los gusanos dije: Vosotros sois mi madre y mis hermanos"; eso es el hombre un manantial de podre y costal de gusanos. ¿Pues de qué nos ensoberbecemos? (Ecli. 10,9): "¿De qué te ensoberbeces polvo y ceniza?" De aquí a lo menos no tenemos de qué ensoberbecernos, sino harto de qué nos humillar y tener en poco. Y así dice San Gregorio: La guarda de la humildad es acordarnos de nuestra propia fealdad. Debajo de esta ceniza se conserva ella muy bien.”
Que por citas no quede. Hoy mismo (19 noviembre 2010), hace unos momentos, me encuentro con un magnífico artículo de Carmen Ferreras, columnista de La Opiniónde Zamora, que trata también es este tipo de gente. Me ha gustado mucho, cómo la define ella: “la buena gente, la gente honrada, la que se gana el pan con el sudor de su frente, la que arrima el hombro, la gente solidaria, la gente anónima, los luchadores, los que no viven sometidos a los poderes públicos, los valientes, los que no se callan, los que están en la base de la pirámide, como servidora, los que nunca fallan, los que no se desesperan ante las situaciones que nos sorprenden cada día, los perseguidos, que haberlos haylos, los currantes…”
—¿Gente humilde? ¿Gente decente? ¿Se ha caído usted de un guindo? —me comenta alguien—.¿No está viendo en la tele que los truhanes se enorgullecen de serlo, y que las putas hacen ostentación pública de su desvergüenza a toda hora y que los asesinos sonríen a la cámara? ¿Vive usted aquí o en la luna? ¡Anda que van de triunfadores usted y esa periodista de Zamora…! ¡Que tiemble el mundo!
Cierto, poco es lo que podemos conseguir frente al sunami de la frivolidad imperante que nos arrastra en dirección contraria. Pero, ¿hemos de permanecer callados por eso? No me resigno. Es más, les digo a todos que consideren si no es la hora de preguntarse adonde nos lleva el rumbo emprendido y atreverse a sacar conclusiones. Mañana ya será tarde.
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