Martes, 22 de febrero de 2011

De entrada, permitid que comience por proponeros una muy acertada observación, pues considero que hace al caso. La ha dejado escrita José Manuel Fajardo en su prólogo al libro El país de las palabras (Roca Editorial. Barcelona, 2005), del que es autor el argentino Daniel Mordzinski.

“Todas las historias comienzan mucho antes de su inicio oficial. Hay una parte de cada una de ellas que se desarrolla cuando sus protagonistas ignoraban todavía que habían comenzado ya a vivirlas y, por lo general, es necesario que pase mucho tiempo antes de que lleguen a tomar conciencia de ello. Es quizá éste el momento mágico de la vida, aquel en el que todo comienza a ordenarse, aquel en el que todo comienza a tomar sentido …”

Pues bien, ese momento ha llegado.

La historia, sin embargo, comenzó en marzo de 2005. Quiso el azar que entonces viviera yo “antes de su inicio oficial” el renacer de nuestra ínclita Vaca Bayona. Y sucedió del modo siguiente:

Hacía tiempo que mi nieto Pablo Sanz Martín me requería con insistencia para que le mostrara la tierra en que nací y en la que me crié. Pero no hubo ocasión hasta la fiesta de San José de aquel año que, por capricho del calendario, ofreció una prolongada vacación escolar. Viajamos desde Madrid, gozando de rozagantes paisajes primaverales y de un apacible clima. Ya cerca del mediodía llegábamos a Almeida y nos detuvimos para saludar a Juan Antonio Panero, antes de nada, en su casa. Y, al punto de acabar los saludos, nos invita a salir a la huerta de la trasera del domicilio, anunciándonos una sorpresa. Le seguimos.

Tuvimos que esperar, mientras él entraba en una de las dependencias anejas para recoger algo y… De repente —¡muuu!, ¡muuu!, ¡muuu!­­— se nos abalanza un espantajo, parodiando la bravura y la acometividad de un morlaco zaino que sale enrabietado al ruedo… ¡La mismísima Vaca Bayona! Ni por asomo hubiéramos podido imaginarlo.

Ciertamente la sorpresa fue tan enorme como grata. Mi nieto, como veis en la fotografía de cabecera, no renunció a tentar al bicho con unos pases de chunga. Fue el momento de las bromas. Luego, ya liberado Panero del arnés del disfraz, en el contexto de una amigable charla, nos detalló el porqué, el cómo y el quién de la regeneración de nuestro esperpento carnavalero.

Nos contó que unos meses atrás le había visitado el señor Antonio Pizza, profesor de secundaria en la localidad portuguesa de Braganza. Era el comisionado del órgano rector que en su país gestionaba una iniciativa cultural de gran interés, patrocinada por la UE, con cargo a los fondos del programa INTERREG III (2000-2006). Y le explicó que este proyecto ya estaba aprobado y que se “pretendía impulsar una red de cooperación transfronteriza relacionada con el turismo cultural de interior, bajo la perspectiva de la valoración conjunta del rico patrimonio cultural asociado a la tradición común de las mascaradas de invierno”. Referido todo ello al área Braganza-Zamora, y con la intención de que en su ciudad se instalara el futuro museo que mantuviera en exposición permanente las máscaras protagonistas de las ancestrales manifestaciones típicas de los pueblos de esta zona de La Raya. Alguien le había hablado de la Vaca Bayona de Almeida y un amigo zamorano de Panero le había recomendado ponerse en contacto con él como profundo conocedor del tema.

Naturalmente, Panero se percató en seguida del eco que iba a lograr esta iniciativa en ciernes y no dejó escapar la ocasión. Por la gloria de Almeida, había que utilizar todas las armas persuasorias. Conque, le explicó, argumentó, ponderó… Le mostró fotos, los escritos de Ramón M. Carnero y de Rodríguez Pascual sobre el particular…. Le proyectó el video de una fiesta de carnaval que los escolares de C.I.P.E. “Matilde Ledesma” habían celebrado en 1990, incluyendo una vaca que ellos mismos fabricaron y con la que reprodujeron fielmente las actuaciones de antaño… Tanto entusiasmo e insistencia decidieron al profesor portugués a incluir entre las máscaras ibéricas protagonistas del proyecto internacional a nuestra querida Bayona.

Quedaba resucitar en cuerpo y forma a la protagonista. Así que se puso manos a la obra al día siguiente. No sólo él. Otros le echaron una mano. Vicente Romero se ocupó del armazón de madera. José Marí Álvarez agenció los cuernos. Pepe Muelas hizo el rabo. Panero buscó y rebuscó hasta hallar el corcho adecuado, entre sobras arrumbadas en casa de Antonio Dolores, para la careta de la cabeza, y él mismo la pintó. Así fabricaron tres vacas. Una con destino al futuro museo de Braganza, inaugurado en 2007, y allí se puede ver. Otra, la que se utiliza año tras año en nuestro Antruejo y en los desfiles y manifestaciones internacionales del programa “Máscaras Ibéricas”. Finalmente otra que se exhibe en el bar de Chema Gómez Cangueiro (Hostal Almeida).

Gracias al afán de los paisanos aquí nombrados, junto con los mencionados en el artículo anterior, nuestra Vaca Bayona goza hoy de excelente salud y campea retozona por las tierras ibéricas, luciendo palmito e incitando a la  jarana de los que la aplauden y jalean. ¡Enhorabuena! Y hagámosla perdurar; es un legado demasiado valioso para dejar que se pierda.

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Tags: Vaca vayona, Braganza, Ramon Carnero, Rodriguez Pascual, Pablo Sanz Martín, Domingo Gordo, martes de Carnaval

Publicado por Sayago @ 12:36
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