Mi?rcoles, 16 de marzo de 2011

De muchacho chico oía yo a mi padre que se levantaba de su mesa de trabajo de zapatero y decía al salir:

—Vuelvo en seguida. Voy a tirar el pantalón.

Pero, cuando regresaba, le miraba y veía que llevaba puesta la misma ropa que al marcharse.

—¡Mentira! No lo has tirado. ¡Me engañas! —le reproché un día. (Sabía que me mentía porque nunca me dejó acompañarle en estas salidas).

—No; me pareció que podía durar algún tiempo más —respondió con cierto retintín—.­ No está tan viejo como para desecharlo ya.

Y en otras ocasiones, las excusas eran de otra índole: “Demasiado frío hoy como para quedarme en calzoncillos”. “Pasaba una señora y me dio vergüenza”. O así.

Finalmente, un día, consideró que era ya lo suficientemente grande y me explicó el significado de la expresión, que en nuestro pueblo utilizaban los varones para referirse finamente a la función excretora con que finiquita la digestión de los alimentos ingeridos.

Sin embargo, la fastidió cuando le pregunté en qué sitio lo hacía y me respondió que en el cagadero del molino. ¡Tanta finura, tanta finura..., y al final...! Se refería a un callejón estrechuco, entre dos tapias altas, en el corralón que los Sánchez tenían en la trasera del molino, al que estaba próxima su zapatería, en la carretera, frente al Caño.

  Ocurría lo referido, como se infiere al punto, porque todavía los hogares de Almeida no contaban con servicios higiénicos con inodoro incorporado, pues el municipio carecía de red de saneamiento, y la conducción del agua llamada “corriente” lo era tan poco ídem que ni siquiera existía. (Se logró en el quinquenio 1973-1978, cuando Panero era alcalde y todo el pueblo trabajó unido e incansable en el proyecto). De ahí que cada cual se las apañara como mejor podía para hacer de cuerpo: en el corral, en una cuadra, tras una tapia, en los muladares, en el orinal… Las mujeres actuaban con más recato y ni por asomo hablaban de "tirar las bragas", ni daban pista alguna sobre el particular. Sólo las viejas, con sayas hasta los píes y ningún miramiento, en cualquier esquina, se escarranchaban un poco, levemente acuclilladas y, como no debían llevar ropa interior, en cualquier rincón evacuaban, dejaban allí el recao y ¡santas pascuas!.

 Era un anochecer gélido del crudo invierno. Andábamos los chavales muertos de frío, refugiados en el portalón del ayuntamiento, matando el tiempo hasta que tocaran al rosario. Cada uno contaba alguna historia, real o inventada, referente a la materia escatológica de la que venimos ocupándonos. La mía fue la que les he referido más arriba.

Oscurecía y la falta de luz nos había impedido advertir la presencia del tío Pernilla que, embozado en su tapabocas y sentado en el poyo del otro extremo del portalón, había prestado oídos a  nuestras conversaciones.

Cuando en voz alta nos dirigió la palabra, nos quedamos muy sorprendidos y avergonzados de lo hablado:

—¡Cuitaos! Lo que os queda por ver y por aprender, purrela de cricas. Tratáis de estos asuntos como si no fueran naturales y comunes. ¿No sabéis que son necesidades propias del organismo humano, que no se pueden eludir, ni demorar, ni transferir…? ¡Ni los ricos pueden tener criado para verse libres de tal cometido! Aunque bien mirado, ni creo que lo quisieran, porque son actividades que alivian y dan gusto a uno cuando se realizan. No lo digo yo; en su obra Gracias y desgracias del ojo del culo, don Francisco de Quevedo y Villegas cuenta de un tal que "para encarecer, que quería a uno sobremanera", dijo: 

Más te quiero que a una buena gana de cagar

 Y el otro portugués, que adelantó más esta materia, dijo: 

Que no habría en el mundo gusto como el cagar si tuviera besos

 Pues ¿qué diremos si probamos este punto con texto del filósofo que dijo:

  No hay contento en esta vida 
 que se pueda comparar 
 al contento que es cagar.
 

Otro dijo lo descansado que quedaba el cuerpo después de haber cagado:

 No hay gusto más descansado 
 que después de haber cagado.

Y que sepáis que hasta los curas y las monjas profesan obediencia al conducto urinario y al aparato excretor con más fidelidad que a las santas reglas y constituciones de sus órdenes monásticas. Os lo digo yo que, cuando soltero, lo pude comprobar con motivo de la Santa Misión del año veintiocho. Tuvimos que alojar a un padre capuchino en nuestra casa; pues ellos tenían ordenado no ser huéspedes de la posada, por si las moscas. Era un santo varón, con el hábito pardo y las barbas típicas de los mínimos del seráfico Francisco de Asís. Daba gusto verlo, tan bendito. Pero un día sus tripas le pidieron socorro y  hubo de correr presuroso a darles alivio. Lo mandamos a un recatado rinconcito del corral. Le dio mi padre un trozo de papel de envolver y una vara de arrear. El buen fraile se quedó estupefacto e indeciso. ¡Había que ver su cara en aquel trance! Y, por fin, osó preguntar:

—Lo del papel, lo entiendo y estoy de acuerdo. Pero este palo…, ¿qué quiere usted que haga con él?

No llegamos a entender qué imaginaba el fraile, pero mi padre, rotundo, le explicó:

—¡Cojo…!, digo, ¡cáspita!. ¿Qué diablos va usted a hacer? ¡Espantar las gallinas, si no quiere que le acribillen el ojete!

Así acabó el vejestorio su cuento y todos nos miramos, en silencio, sin hallarle gracia alguna. Entonces no. Ahora sí. Todavía me da la risa cuando lo recuerdo. ¡Qué jodio, Pernilla; contaba chistes con efecto retardado! 

 

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Publicado por Sayago @ 18:45
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