Domingo, 03 de abril de 2011

En la primavera del año 2000, el último del siglo veinte, la señora María Aparicio, “La Palla”, a la que muchos recuerdan todavía por sus remedios de curandera prodigiosa, me hizo una revelación que me dejó boquiabierto. Una historia que hoy me complace contaros, ante la proximidad de la Semana Santa.

En el transcurso de una conversación, no sé si vendría a cuento o no, de buenas a primeras, me soltó:

—Mira hijo, la que ahora se ocupa de vestir y arreglar a la Virgen de los Dolores es Súper Villamor, que no es de la familia vuestra. ¡Una pena! Después de María Inés (q.e.p.d.), que cogió la vez de la tía Asunción “Curtijera”, encargarse de esa Virgen no le corresponde a nadie más que a ti o a alguien de tu familia.

Me quedé estupefacto.

—¡Ésta si que es buena! ¿A mí?

Y naturalmente quise saber a santo de qué.

—¡Explícate, María! —le rogué—. Me tienes en ascuas.

Os recuerdo que ella fue mujer, en segundas nupcias, de Manuel Fuentes Mayor, “Confitero”, un humilde labrador, hermano de mi abuela paterna. Por eso siempre nos tratamos con afecto de familia y la llamábamos “mi tía Mara”, profesándole un gran respeto. En su larga viudedad, María, vivó sola muchos años en su casa del Barrio Abajo, donde ya se acaba el pueblo. Sus hijas y nietos cuidaban de ella a distancia, pues fue muy celosa de su libertad y mantuvo siempre su energía e indomable carácter de hembra levantisca y brava, hasta más allá de los 90 años. Sólo cuando ya se vio muy menguada de fuerzas consintió mudarse al arrimo de las hijas, en casa de Manuela, de Tere y de Emilia, por temporadas,

Recuerdo, p. e., que en ocasiones, cuando vivía sola, no dejaba que los presentadores de la tele la vieran en ropa interior y volvía la pantalla de su televisor de cara a la pared mientras se vestía. Otras veces, se enfadaba con ellos y, como castigo, no les dirigía la palabra en varios días. Los habitantes liliputienses del mágico aparato, siempre fueron para ella seres vivos, y huéspedes suyos, presentes en carne mortal, dentro del receptor por ocultas e incomprensibles razones de la técnica moderna.

Pero si algo hay que dejar sentado, era su sensibilidad y buena disposición para con los demás, su enorme corazón, tan grande o más que su envergadura XXL. Y su vocación innata por aliviar el padecimiento y los dolores del prójimo. Una sayaguesa iletrada, pero, como ser humano, de enorme grandeza, de venerable e imperecedera memoria.

Ella no recordaba cuál de mis antepasados protagonizó el episodio que culminó con la entrega de la imagen de la Virgen a la parroquia de Almeida. Tampoco la fecha en que ocurrió. Después yo, atando cabos e interrogando a unos y otros, llegué a la conclusión de que se trataba de Manolito Fuentes. Un hermano suyo del que no he podido averiguar el nombre, debió ser el iniciador de la saga “Confitero”. Un hijo de éste último, Simón Fuentes, fue el padre de mi abuela Cándida y de Manuel, el marido de “La Palla”. Es decir, se trataría de un tío tatarabuelo mío, seguramente. Y en cuanto a la fecha de nuestra historia, calculo que tendría lugar por el año 1813 ó 1814.

El tal Manolito era cabrero. En aquel tiempo, andaba con su piara de cabras por algún lugar de la provincia de Salamanca. En alguna dehesa de Tierras de Ledesma, La Ribera o La Ramajería. En una de estas tres comarcas, lindantes con Sayago,  probablemente.

Un buen día—siempre conforme a la narración de “La Palla”—, cuando cuidaba su cabriada en un monte de encinas, vio no muy lejos una columna de humo que delataba de manera inconfundible la existencia de un incendio. Conocedor del lugar, supo en seguida que el siniestro se estaba produciendo en los aledaños de una ermita. Hacia allá se encaminó y pudo comprobar que así era. El fuego había prendido la añosa techumbre de tejas sueltas del edificio. Antes había ardido su vieja puerta de madera y ahora el rescoldo resultante era el único impedimento para pasar alinterior.

Se atrevió Manolito Fuentes a echar un vistazo. Él sabía que en el altar de aquella ermita había una Virgen. Una talla de madera de la Madre de Dios, llorosa y afligida por la muerte de Su Único Hijo. Muchas veces la había mirado a través del ventanuco que se abría en el muro del frontal. Así vio sus lágrimas de angustia. Un rayo de sol hacía brillar en ellas el destello lacerante de su amargura. Se llenaba su pecho de compasión viendo la adusta traza de la tragedia en aquel rostro patético.Tanto horror le conmovía. Siempre quiso, aunque no supo cómo, brindar a aquella mujer alivio para su insoportable sufrimiento.

Ahora sí sabía cómo hacerlo. Había que actuar rápido. Saltar sobre las brasas de la puerta. Cruzar la nave del templo hasta el altar. Brincar al camarín y cargar con la imagen para arrebatársela a las llamas. Salir de allí rápido, con ella a cuestas. En definitiva, ponerla a salvo.

No pensó en el peligro que corría, ni se arredró por las pavesas que caían del techo. Una fuerza impropia le impelía a hacerlo, sin más, sin responder a un raciocinio previo. Ni tan siquiera tuvo conciencia de la dificultad del lance, ni del peso, ni del volumen de la talla de madera del tamaño real de una mujer. Reaccionó sólo cuando ya estaban la Virgen y él, lejos de la ermita, fuera de peligro.

Con gran estrépito la techumbre del templo se vino abajo y todo él se convirtió en una descomunal pira que amenazaba extenderse por el bosque y desencadenar una catástrofe. Afortunadamente no fue así, quizás por milagro. No sabemos. Manolito, solo como estaba, no podía hacer ya más.

Salvó la imagen de la Virgen y, atravesada encima de su burra, cubierta con su manta, llegó con ella a Almeida. Habló con el párroco y se la entregó, con la encomienda de que debía ser atendida siempre por su propia familia.

Así se le ocurrió y así lo hizo. No debemos  juzgar con los criterios de hoy, hechos acaecidos en la antigüedad. Tal vez porque aquel buen hombre no tuviera luces para más…, o porque los tiempos entonces eran los que eran…, o, quizás simplemente porque tenía que ser como fue… ¡Lo sabrá Dios que es sabio! El caso es que la Virgen aquí se quedó. Fue acogida con el mayor cariño por todos nuestros antepasados, que la entronizaron en la iglesia parroquial y le dedicaron un altar de culto.

Desde hace casi dos siglos, con nosotros está la Madre Dolorosa, hija de su Hijo, sin dejar de sufrir para corredimir a sus hijos de Almeida. En buenas manos y en todos los corazones almeidenses. Nuestro amor es bálsamo para su sufrir y a su mediación nos acogemos. Mater dolorosa, ora pro nobis.

Terminaré, también yo, por pedir un favor a los que este Viernes Santo la acompañéis en “La Carrera”: Rogarle que ruegue por mí y por mi gente. Gracias.

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Tags: Dolorosa, Semana Santa Almeida de s, Curtijero, Confitero, La carrera, La Palla, Simón Fuentes

Publicado por Sayago @ 10:56
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