Mi?rcoles, 01 de junio de 2011

¿Qué mueve a un hombre a hacer confesión pública de dos asesinatos a sangre fría, en su lecho de muerte, en el momento crítico de estirar la pata? ¿Puede Dios Padre misericordioso perdonar a un sujeto de tal calaña, que, por si acaso fueran ciertas las penas eternas, se quiere librar de ellas confesando in extremis y por el mero egoísmo de no pasarse la eternidad entera en un perpetuo ay, purgando sus culpas en las calderas de Pedro Botero? ¿Puede una persona ser tan pécora como para querer comprar con artimañas la vida eterna y creerse capaz de engañar al Dios que lo ve todo y al cual ni lo más recóndito se le oculta?

Pues este es el caso. A tal extremo llegó el barbero sangrador de Carbellino, años después de haber asesinado en 1798 al medico y al albéitar de Almeida. A los dos en el mismo lance. El mismo día y de igual modo. Con un veneno terrible, que bien podría haber sido jugo de rizoma de beleño, cuyo efecto letal relativamente rápido, mató a ambos con pocos minutos de diferencia.

El médico quedó tendido en el camino de Carbellino a Almeida, en el paraje de Nava el Pilo, a un cuarto de legua de las casas del Barrio Abajo. Allí expiró, sin el auxilio de nadie, como un perro. El veterinario, sin embargo, logró llegar a su domicilio, sosteniéndose milagrosamente a lomos del caballo, pero más muerto que vivo, exánime y sin poder articular palabra. Murió en su casa, a los pocos minutos de llegar.

Como ya se ha dicho, el asesino confesó su crimen años después; en una carta que entregó al cura, en su agonía, en la que explicaba cómo lo había perpetrado. Él se las tenía juradas en su fuero interno al médico. Con el veterinario no iba la cosa, pero éste tuvo la mala suerte de toparse en Carbellino con el galeno, el día de autos, y decidir que se esperarían para hacer juntos el camino de regreso a Almeida. El sangrador tenía invitado al médico a pasar por su domicilio a tomar algo al término de sus visitas. El veneno estaba preparado en una botella de licor, sobre la mesa de la mitad de casa. Pero el médico no llegó solo. Le acompañaba su colega y el asesino no se contuvo, le sirvió a cada uno un vaso de la misma pócima. Breve charla y, espoleando sus cabalgaduras, vuelta a casa. Pero la muerte era su compañera de viaje, su aguijón ya estaba clavado en las entrañas de los dos facultativos.

Nada se descubrió sobre el suceso cuando ocurrió. Quedó impune. Quizás no había medios entonces para llevar a término una investigación concienzuda. ¿Quién lo sabe? Ha pasado más de dos siglos…; ¡échele usté un galgo!

En el lugar en que falleció el médico, hay una cruz In memoriam. Ahí está, junto a la carretera actual (Z-320), entonces camino rural. Esa cruz, en sí misma, exhibe cierto patetismo. ¿No os parece como si intentara arroparse con una oscura capa de duelo? Que raro resulta, por lo escaso, hallar una cruz aislada que no esté exenta, dibujando en el horizonte su inconfundible silueta de brazos abiertos. Sería la manera más lógica de hacerse visible para reclamar el recuerdo y la oración para el finado y, sin embargo, parece camuflarse de mojón. Nunca antes había yo visto otra así en un espacio exterior público. Cruceros, muchos; pero como éste, ninguno. La familia del difunto, ancestros del también médico don Angelín, encargó este signo funerario y quizás el cantero quiso expresar así el misterio de tan trágico deceso.

No hay razón alguna que pueda justificar un asesinato. El homicida dejó escrito que el médico era el causante de la ruina de su familia y de la miseria en que vivía. La desesperación le cegó y se dejó dominar por sus malos instintos. Se vio condenado a vivir el resto de sus días con el horror de los remordimientos más feroces y con las mismas carencias materiales, añadiendo la rabia por la inutilidad de la tragedia

Habrá que explicar que los sangradores eran despreciados por los médicos, que injustamente usurpaban a menudo las funciones sanitarias que les correspondían, dejándoles sin trabajo y sin recursos. Contra estas acciones de intrusismo profesional no se veían respaldados por la autoridad, aun prodigando sus denuncias, estos humildes antecesores de los practicantes. De ellos, de sus estrecheces y vicisitudes, trataré en una próxima ocasión, pues también en Almeida los hubo y han de tener su lugar en los avatares de nuestra historia.

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Tags: Carbellino de Sayago, médico, albeitar, crimen, sangrador, cruz, veneno

Publicado por Sayago @ 20:05
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