Lunes, 27 de junio de 2011

Lo más duro del año agrícola era el verano. Para que los jóvenes de hoy lo entiendan (porque a lo que ellos ahora llaman duro no pasa de ser algodón en rama) tendré que decir que era “hiper-mega-duro”o “durísimo de la muerte”. Y aún así, me quedaré corto.

El calvario de cosechar y meter el pan en casa, que no era otra la tarea del tiempo de la canícula, empezaba en el mes que los romanos dedicaron la diosa Juno, precisamente por ser la época en que el poder del sol para madurar los frutos se hace sentir con más ínfulas y durante más horas.

Por eso, de cara a los afanes que para los labradores se avecinaban, el día de San Juan, una feria de año concentraba en Almeida a vendedores y compradores de útiles y enseres de absoluta necesidad para la recolección. Hoces, dediles, bieldos y tornaderas, colleras, trillos, cencerros, palas, redes para la paja, coyundas, rastrillos, botijos y barrilas, piedras de afilar, albardas, alforjas, bozales, alpargatas y abarcas, aperos varios… Vino de Fermoselle, frutas y verduras de Argusino, cántaros y cántaras de Carbellino, quincallería de sabe Dios donde, sombreros de paja… Un afilador, dos hojalateros, un buhonero, un fotógrafo de al minuto, un sacamuelas… En puestos, al aire libre., en la plaza.

Además, en varios corros, el “mercado humano” de criados, gañanes, segadores y trilliques que, según costumbre, se ajustaban como temporeros de San Pedro (29 de junio) al Cristo (14 de septiembre). La plaza del Ayuntamiento a tope de gente, paisanos y forasteros, a la salida de misa mayor, rebosando bullicio y animación.

En junio, hoz en puño, reza el refrán. Así era. Se comenzaba por segar las cebadas. Después, centeno y trigo. Apañar garbanzos y algarrobas. Acarrear las mieses hasta las eras. Trillar, limpiar, meter los muelos. Guardar la paja.

Un no levantar cabeza, desde antes de romper el día hasta la noche, parando sólo para comer. Sudando la gota gorda y deslomándose sobre los cerros, los riñones hechos papilla. Antes de romper el día ya estaban en el tajo segadores y atiñas. Se soltaba el hato y al corte, ida y vuelta. Ellas tapadas de arriba a abajo, pañuelo y sombrero de pajas en la cabeza; sólo sus ojos al descubierto, para evitar que su piel quedara atezada y revenida como un tito. Ellos con el sudor y el salitre del bálago pegado al cuerpo. El sol cayendo con saña mortal sobre sus espaldas. Frisando las doce, cada poco, las miradas escrutaban las lindes por las que debía de aparecer quien les acercaba la manduca. ¡Por fin! Y procurándose sombra con unos haces como parapeto o al arrimo de una pared, cucharada y paso atrás, en el duro suelo, esquivando a las hormigas y espantando a los tábanos, se daba cuenta del condumio. Y otra vez al tajo. Se cantaba. Canciones tradicionales de la faena, coplas o flamenco. Aunque alguno había que aprovechaba para mostrar su picardía, si estaban de buenas, o quizás movidos por el dicho de que quien canta su mal espanta:

 

                       Cásate mujer honrada

                        que te se pasa el centeno,

                        que tienes una cañada

                        que de balde te la siego.

 

Ya en la era, las labores se hacían más llevaderas, aunque no se redujera ni el nivel de exigencia, ni las horas de dedicación. La parva obligaba a estar sobre ella en las horas de más calor, por ser las mejores para la trilla. Pero de madrugada había que recoger al ganado que prestaba su fuerza para realizar la labor, burros, mulas o vacas, uncirlos y amarrarles los cambizos. De noche, incluso, se quedaba alguien de centinela, para evitar hurtos o cualquier otra asechanza perjudicial. Pues hasta no ver el grano en su granero, el labrador no lograba sosiego; a cielo abierto el peculio corría mucho peligro y era difícil preservarlo de los riesgos del clima o de accidentales catástrofes. Más de una vez, el fuego arrasó con toda la senara de los que trillaban en Valluengo. De ahí las gozosas celebraciones de llenar los costales y poner el grano a buen recaudo. En la panera, los ricos; en el sobrao, los modestos. Todos hacían fiesta y se merendaba y se bebía con largueza vino con azucar, en la medida de las posibilidades de cada cual, compartiendo el evento con vecinos y amistades.

Nadie se lavaba hasta acarrear la paja y acabar de meterla en el pajar. ¿Para qué hacerlo antes si la muña se metía hasta los recovecos más íntimos de la anatomía? Incluso las calles del pueblo aparecían alfombradas por el maldito polvo blanquecino desprendido de las cargas que en sus redes de acarreo montaban los carros para el transporte de la paja. Y no digamos nada de la que a golpe de bieldo se aventaba para acertar a meterla por el buraco del pajar o de aquella otra que se adhería a la piel de los que la encalcaban dentro. Tanta roña exigía un baño prolongado y mucho restriegue de estropajo y jabón, después de ablandar la mugre en un balde de agua caliente. La operación se solía hacer coincidir con las vísperas de San Roque, fiesta mayor, en la que las mozas gustaban de presumir de una piel blanquísima, a salvo de la renegrez delatora de sus trajines campesinos.

Pero no nos adelantemos al calendario. San Roque exige, por lo grande y señalado de su festividad, capítulo aparte, como corresponde. Y así será cumplido, Dios mediante.

 

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Tags: siega, acarreo, trilla, muelo, paja, segadores, aperos

Publicado por Sayago @ 16:28
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