
Los continuos cortes de electricidad que padecemos con demasiada frecuencia nos amargan la vida. Nos causan perjuicios y averías, pérdidas económicas, disgustos, contratiempos… ¿Será verdad que estamos en el siglo XXI? No es posible vivir así. Con toda razón pensamos que si en algún lugar de España no es justo que haya apagones, ese sitio es Sayago. ¡No hay derecho! En casa del herrero, cuchillo de palo.
Esto no es nuevo. Aunque le cueste creerlo a los jóvenes, los tiempos del farol, el candil o los quinqués son de ayer por la tarde. Quiero decir que hace sólo unas cuantas décadas, la electricidad que las centrales de Sayago producían, no llegaba a los sayagueses. Ni tan siquiera se quedaba en Castilla y León. Cable arriba, el oro del Duero emigraba a Vizcaya, donde los oligarcas de Neguri se lo repartían, transformado en sustanciosos dividendos. Iberduero, Banco de Bilbao, Banco de Vizcaya, Banco de la Basconia…¿Os suenan?
Allí, la luz; aquí, la oscuridad. Una perpetua noche de escasez, la oclusión de toda medra. “Jodios maketos, ¡chitón! ¿Qué más queréis? Ahí os dejamos las torretas metálicas y el tendido de alta tensión sobre los sembrados, sobre vuestro pan, sobre vuestros renegridos y encanijados cuerpos.” Regalo envenenado, por el que hubo que pagar incluso el doloroso tributo de la desaparición de Argusino, bajo las aguas del pantano de Almendra, a cambio de calderilla.
Pero, vamos a la historia. A la llegada de la luz eléctrica a Almeida.
Nuestro pueblo fue uno de los privilegiados municipios de Sayago que primero se beneficiaron del prodigio de la electricidad. Para los contemporáneos de tan feliz acontecimiento, el hecho de que algo invisible hiciera mover la maquinaria del molino, alumbrara una habitación y hasta pudiera matar a la gente, tenía que tratarse de brujería o de un milagro. No cabe otra, pensaban. Creo yo que con razón, pues tampoco se me alcanza del todo a mí, ni aún hoy, tan sorprendente fenómeno.
Esa corriente misteriosa e invisible, llegó a nuestro pueblo, por vez primera y en la cantidad de “quince hectovatios”, en abril de 1919. “La fuerza”, le decían entonces. Vino desde una aceña, sita en el cauce del río Tormes, pasada la dehesa de Estacas, corriente abajo. El agua, hasta entonces, movía allí un molino que era el único que podía moler cuando a los de la rivera de Belén los paralizaba la sequía. Pero quedaba lejos. La aceña era propiedad de Pedro Sánchez Guerra, vecino de Almeida, con domicilio en la calle de Ledesma (así reza en el registro de matrículas que se conserva en el archivo municipal), que la transformó en una pequeña central hidráulica. El tendido se realizó con postes de negrillo, atravesaba el Conejal, siguiendo el Camino de la Aceña, y entraba al casco urbano por el Branquial. Se trataba de que la fuerza eléctrica alimentara el motor del moderno molino que este industrial construyó en la carretera, frente al caño, con mayor capacidad de molturación y a un paso para los clientes.
Los pocos usuarios con posibles para permitirse el lujo de un enganche para alumbrar sus casas, pudieron hacerlo a lo largo de 1923, pues, en los primeros meses de 1924, Ricardo Ballesteros en su obra Alma Sayaguesa -pág. 18- señala: “…otra fábrica sobre el Tormes, produce energía para el alumbrado eléctrico de Almeida”. No había tarifa, ni contadores; se tenía que pagar por puntos de luz. De modo y manera que, para ahorrar, lo normal era utilizar dos bombillas conmutadas. O sea, que al encender una, se apagaba la otra. Con todo, el progreso fue enorme. A pesar de lo precario del invento y de las frecuentes averías, éramos la envidia de la comarca.
En los años 40, la energía eléctrica comenzó a llegar al pueblo ya desde la presa de “El Porvenir”, en el Duero. Los hijos del pionero, Hnos. Sánchez Sogo, fueron los concesionarios, distribuidores, instaladores y técnicos. Data de entonces el transformador de la Fontana y se reforzó la instalación urbana para iluminar mejor las calles. Se generalizó la acometida de los hogares y casi todos pudimos gozar del primer elemento de confort de la era moderna.
A los mozos que cortejaban, sin embargo, les molestaba tanta luz y, a pedradas, rompían las bombillas del alumbrado público para poder disfrutar de un poco de intimidad mientras pelaban la pava. En los hogares, los apagones eran frecuentes a causa de las restricciones impuestas por el Gobierno para proporcionar más fuerza a las industrias de postguerra. Había que reconstruir el país. En el salón de baile de Tafuro se sustituyó el manubrio por la gramola. La Piquer, Pepe Marchena, Caracol, Estrellita Castro, Machín amenizaban la esperada y única diversión de los domingos y fiestas de guardar: el baile agarrao, vigilado por las madres y comadres.
Al son esas coplas y ritmos flamencos, Almeida entraba radiante en una sugestiva y halagüeña modernidad. Mientras, el mundo llamado civilizado estaba sumido en el horror de la terrible masacre de la II Guerra Mundial y, en una casa de la calle Mediodía, en 1942, nacía yo.
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