Domingo, 11 de diciembre de 2011


Llegaron camiones y hormigoneras. Se formaron equipos de trabajo, según el orden establecido por la alcaldía. Por barrios y por calles. Y todos, hombres y mujeres capaces, bajo las órdenes del jefe de obra de la adjudicataria, al tajo; cada cual en la tarea que mejor se adaptaba a su condición. Cavar, acarrear, extender el hormigón, vallar… Pero todos con ilusión y sin regatear esfuerzo alguno. Contentos y felices. Bromeaban entre ellos; canturreaba éste, se chanceaba aquella. Apostaban, incluso, sobre quién era más ligero con la carretilla o más contundente con el pico. Y al finalizar cada tramo, una fiesta por todo lo alto, con cuchipanda y francachela memorables.

Nunca estuvieron tan unidos los de Almeida, tan de acuerdo y tan en paz. Hermanados y solidarios. ¡Todos a una! Ansiosos por ver conseguido su común y anhelado objetivo: inaugurar la urbanización de las calles y el saneamiento general del pueblo. Un factor capital de modernidad, un hito en la historia municipal de similar relieve al de la llegada de la luz eléctrica. Ambos, uno y otro acontecimiento, marcaron un antes y un después en su día. Bueno, decir en su día es un decir, porque el proceso del que tratamos tardó tres años en llevarse a término. Y sin vagar lo más mínimo.

Vertederos y estercoleros fueron evacuados del casco urbano como si de leprosos hebreos se tratara. La gente aprovechó el tirón para revocar fachadas y enjabegar muros o para transformar las antiguas cuadras en un garaje para “el 600” del hijo emigrado a la capital. Así pues, el pueblo perdió su perfil rústico sayagués, el valor etnográfico y una gran parte de su encanto. Sin embargo (no juzguemos hechos del pasado con la sensibilidad de hoy), bajó de Zamora el Gobernador civil de entonces, él y todo su séquito, e hizo entrega a Juan Antonio Panero, el alcalde en aquel entonces, del primer premio provincial de embellecimiento de pueblos. Gran fiesta, estilo Fraga Iribarne, en 1978. Medalla al regidor incluida.

El flamante suelo de hormigón permitió a las mozas ir compuestas a misa o al baile con los tacones altos, vinieran del barrio de Arriba o del de Abajo, y a las comadres no tener que salir a tirar el orinal por las mañanas. Se acabó también el acarrear agua del Caño, de la fuente Lorenza o de la Fontana. Lo mismo el asearse a retales y a regañadientes. Pero, bien mirado, bajo la capa de hormigón quedó enterrada mucha historia. La Edad Media, sobre todo. Me refiero a la insalubridad de albañares y regateras que expelían a la vía pública los purines de pocilgas, comederos y establos. También a la polvareda asfixiante que en el buen tiempo se levantaba en las calles al paso de los rebaños, los carros, la cabriada o la vecera. Y en invierno, sobre todo en invierno, mejor ni recordarlo. El légamo del barrizal se mezclaba con las boñigas, cagalitas y cagajones del ganado, bien amasado todo con el pateo de caballerías, gochos, vacas, ovejas, personal… ¡Una ciénaga apestosa e intransitable! Si helaba, aquello era un remedo del Perito Moreno. Si llovía, la laguna Estigia. En ese sentido, me refería más arriba a la Edad Media.

Pero no he debido decir lo de intransitable. Nada menos cierto. Todo el mundo seguía yendo a sus jeras, al no haber más remedio, en afanoso tránsito sobre el lodazal infecto o sobre las duras aristas de los carámbanos. Gracias a un prodigioso y humilde calzado, las gentes podían pisar firme y discurrir con seguridad por tan azaroso piélago. Me refiero a las chancas, un genial invento celta. Sólo con ellas era posible la hazaña. De ahí que todo hijo de vecino calzara un par. Todos los días, a todas horas. Desde el otoño a la primavera. Mayores, mozos y muchachos.

Mi padre, para su venta en las ferias de la comarca (Bermillo, la ermita de Gracia, Muga, Peñausende) y en su zapatería, en agosto, las comenzaba a fabricar, nada más acabar las fiestas de San Roque, con el fin de tener en  otoño un adecuado remanente de pares de toda la serie de números. Traía de Ledesma el becerro para los cortes. De la tenería de don Pedro Galache (hoy desaparecida), junto a la pesquera, aguas abajo del puente, en la margen izquierda del Tormes. El tal don Pedro era el padre de Dely Galache, mi madrina de bautismo, una guapísima señorita, hija única, que murió de tuberculosis en su más esplendente lozanía juvenil.

Para la fabricación de las chancas, de Galicia le llegaban a Julio Martín las suelas de madera de aliso o de negrillo; esculpidos a maquina el tacón, el rebaje del empeine y la curvatura de la planta del pie. De Castro Caldas (Ourense), de allí venían. Un pueblo gallego que las producía industrialmente, pues, cuando la guerra del 14, las había fabricado a toneladas para exportarlas a Francia.

Mi madre ayudaba cortando los cueros. Colocaba los moldes de cartón sobre la pieza de becerro extendida y, tratando de aprovechar bien el material, dibujaba con jaboncillo los contornos por donde había de cortar. Después hacía los ojales con un sacabocados. Finalmente, mi padre ahormaba y ensamblaba el conjunto de piso y corte, y la chanca quedaba lista. Trabajaban hasta muy de noche y hasta cuando se lo permitían las restricciones de corriente que se padecían en los años de postguerra. Tres parpadeos de la bombilla eran los avisos que anunciaban el corte definitivo de la luz. Si necesitaban continuar trabajando, habían de hacerlo alumbrándose con una lámpara de carburo cálcico, un invento que producía gas acetileno y, mediante una boquilla especial, generaba una potente luz.

Humildes y baratas, pero insustituibles, a las chancas hay que darle sitio en la historia heroica del aquel Sayago de la precariedad. Algunos las hacían durar una eternidad, herrándolas con tachuelas metálicas para que la madera del piso no se desgastara con el uso. En aquellos suelos de lastras o peña viva de los corrales y las casas, su caminar era tan estrepitoso y cerril como el de Frankenstein en una catedral gótica. ¡Música celestial para unos gloriosos tiempos que, aun exentos de  sutilezas, resultaban, sin embargo, fascinantes!

 

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Tags: chancas, el 600, car�¡mbano, alba�±al, sacabocado, precariedad, Bermillo

Publicado por Sayago @ 10:44
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