
El otoño, vaya usted a saber el porqué, nos sume en la nostalgia. Esto viene ocurriendo desde antiguo. Por eso muchas de las composiciones musicales o poéticas de la mejor factura nacieron en otoño. Entre los suspiros lánguidos de las hojas marchitas… Al compás de los susurros del viento y de las lluvias… Ante el embozo policromo con que la tierra se cubre por los primeros fríos… Por mor de la introspección a que nos vemos abocados... O, quizás, por todo junto.
No se sabe bien la causa, pero nuestra sensibilidad se acrece en esta época. La añoranza se desborda, la memoria se deja acariciar por el recuerdo de los días felices, en lo más recóndito de nuestra alma hallamos el refugio bucólico de la complacencia más nostálgica… La pluma del escritor se carga de poesía, casi sin quererlo.
Tiempo hacía que a mí no me ocurría eso. Pero unas semanas atrás, ante el abismo del folio en blanco, y sin saber la razón, de sopetón y por sorpresa… (¡Sorprenderme a mi edad, que maravilla!) Hete aquí que me hallé escribiendo, en verso, una oda a Almeida, después de más de cuarenta años de haber dejado de escribir poesía. No sin obligarme a vencer el pudor, me dije, no desfalleceré; adelante, que mi querido pueblo bien se lo merece.
¿Por qué el pudor?, me preguntáis. Porque no escribo, os respondo, para ocultar en un cajón lo que escribo y sabía que, una vez hecho, en algún momento iba a publicarlo para compartirlo con vosotros. Y ese momento me ha parecido bueno que sea ahora, en Navidad, cuando todos somos un poco más comprensivos y tolerantes con las flaquezas del prójimo. Así pues, con mi poema felicito estas familiares y cálidas fiestas de Navidad a todos mis paisanos y les deseo lo mejor de cara al nuevo año 2012.
ALMEIDA, A TÍ RENDIDO
Mi alma equidistante, Almeida,
como tú,
entre la Cueva y el Conejal,
Tormes y Duero,
Zamora y Portugal,
el Hervidero y la Cabeza…
Los puntos cardinales de mi ser,
mi infancia y la diáspora:
yo en la rivera de Belén
en los días
de aquella equinocial edad
de sol y de carámbanos, de ternura y pan negro,
asumiendo la hijuela de tu savia,
en el quicio de la razón y el sentimiento.
Junto a los Santarenes, anejo al Caño,
sumido en las solanas y en las peñas,
en la alameda y en la escuela,
al aire y al socaire del corral del Concejo
por el Puente los Muertos,
del solano al gallego,
con aromas de herrén por esas cuestas
del Branquial y de El Gallo.
Así, creciendo
Almeida, en tu regazo
abrigado y mullido, blanda cuna,
a la brigada
de generosidad y nobles sentimientos,
de la gentica,
la mejor estirpe. Madre nutricia tú de la honradez
y la cordura sublimadas. ¿Cómo
no amarte y ensalzarte, Almeida?
¿Qué ofrecerte? ¿Qué darte
que tú a mí no me dieras? No más
que con amor filial y cantos
podré corresponderte,
que no otra cosa tengo que más valor tendría
para satisfacerte,
para siempre y por siempre, tierra
madre, a ti de amor filial rendido.
JOSÉ MARTÍN BARRIGÓS
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