S?bado, 18 de agosto de 2012

“No es bueno estirar la pierna más de lo que alcanza la sábana”, decía mi abuela. ¡Ay! Si hubiéramos tenido en cuenta este sabio refrán, ahora no tendríamos que vernos como nos vemos. Recortados, capitidisminuidos, empobrecidos, bailando el pelao, a la cuarta pregunta…

Los pájaros de antaño, volaron. Aquel malgastar, aquellos derroches, aquel tirar de largo; más la voraz ansia depredadora de los chupópteros y corruptos, nos han dejado más tiesos que la mojama. Y ahora, no queda otra que apretarse el cinturón y conocer las estrecheces de andar con lo justo justito o escasamente. Me recuerda el título aquel de Miguel Hernández: “Quien te ha visto y quien te ve o Sombra de lo que eras”.

Que no cunda el pánico. Ésta, al igual que otras crisis horribles, pasará, porque no queda otra que continuar viviendo como sea. Algunos ya tenemos experiencia de sobrevivir a la precariedad más absoluta, por debajo del mínimo hasta en lo imprescindible. No hay mal que por bien no venga.

Aquella época se caracterizó por escatimar en todo y no tirar nada. Alegrías en el gasto, las mínimas no, lo siguiente. Y así se establecieron ciertos usos y costumbres que ojalá no haya que volver a resucitar. Dejaré al margen la penuria de las ciudades, donde el azote de la escasez era más agobiante que en los pueblos, si bien, a título de ejemplo, no me resisto a citar el gasógeno, el día del plato único una vez por semana y el trujamán que alquilaba el hueso de un pernil a domicilio, por minutos, para meterlo un ratillo al puchero y darle al agua un poco de substancia. En el medio rural, sin embargo, las gallinas, los marranos y la cabra, las berzas, las patatas, los garbanzos y la huerta fueron un alivio redentor para la manutención. ¡Cuidado con los huevos! Los huevos eran oro puro. Se escatimaba su ingesta, pues se usaban como moneda de cambio en la práctica del trueque. Nadie (me refiero a los pringaos) tenía dinero de curso legal. Las trampas y las igualas del año se pagaban en la era, antes de meter el muelo en casa.

Se recogían en el campo acederas y moruja (o morujo) para las ensaladas de primavera, los cardillos para acompañar a los garbanzos, zarzamoras para postre; cornezuelo de centeno para vender en la botica y sacarse unas perras, cagajones de burro para añadir al “escaldao” de los cerdos, los fumadores empedernidos recogían colillas, etc.

Se guardaban los trapos viejos para venderlos al trapero o cambiarlos por cacharros de loza o cerámica. También los pisos de goma de las alpargatas. Se almacenaba para vender al chatarrero cualquier alambre, pieza o pedazo de metal (los muchachos buscábamos ávidamente en los residuos de las fraguas de Patato, de los Terrón, de Panero o del taller mecánico de los Veloso para sacarnos uno o dos reales). Costará trabajo creerlo, pero no exagero. A las chaquetas, abrigos o pellizas se les daba la vuelta para vestir a los hijos, mostrando el paño del revés, con apariencia de nuevo. Se vendía las pieles. No sólo las de los animales grandes, también las de liebres y conejos. Un oficio establecido era el de pellejero que compraba las pieles para venderlas a los mayoristas. Pero cuando se trataba de zorros o lobos, antes de deshacerse de las pieles se peregrinaba con ellas casa por casa para solicitar una propina por haber acabado con la dañina alimaña. El pellejero de Almeida, en aquellos heroicos años de postguerra y hasta la década de los sesenta, era el campechano Vicente Mielgo García “Raca”. La pesca y la caza no se practicaban como actividades deportivas, sino por mera subsistencia. Se cazaba y pescaba  para alimentarse y todo lo que fuera comestible: lagartos, ranas, tordos, etc., además de las especies tradicionales.

No quiero decir cómo se vestía y se calzaba. Puedo escandalizar a los perpetuos adolescentes de ahora que, a ojo de buen cubero, cualquiera de ellos puede llevar encima unos 600/800 euros, un día cualquiera, entre deportivas de marca, vaqueros importados, camisa con el caballo al lado izquierdo, reloj de comandante de aeronave, gafas de estrella de cine, colonia de galán versallesco, tatuajes, herrajes, cremas hidratantes, fijador de pelo, etc. etc.

Cuando denominamos aquella época el tiempo de la precariedad, debemos saber de qué estamos hablando. La crisis actual  no os retrotraerá a los viejos tiempos. Nada deseo yo con más vehemencia que os veáis libres de semejante calamidad.  Pero os diré algo, con todo respeto y la mejor intención. Tal vez esta época de fatalidad que nos toca vivir pudiera tener algo positivo, si a partir de aquí, discerniendo entre lo esencial y lo accesorio, volvemos a ser consciente de quiénes somos y en qué país vivimos. Para obrar en consecuencia, claro.

 Safe Creative #1208182136756


Tags: Cornezuelo del centeno, Cagajones, Terrón, Trapero, Chatarrero, Trujamán, Trueque

Publicado por Sayago @ 17:49
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios