Mi?rcoles, 10 de abril de 2013


¿Cómo voy a recordar, después de tantos años, quiénes estábamos aquella tarde allí, junto a la boca de la cueva donde unos decían que se cobijaban una princesa agarena y otros que tenia su guarida y su nidal la gallina de los huevos de oro?

Creo que estarían, seguramente, algunos de la pandilla: Miguel Ángel Casanueva, Luis “Verruguita”, Domingo o Toño Veloso…, y, capitaneándonos, Emilio, su hermano mayor. Fue él quien trajo la cuerda para atarnos y el que nos azuzaba ante el miedo a lo desconocido y misterioso, narrándonos las maravillas y encantamientos que podríamos apreciar en el interior, si, vencido el pánico, nos atrevíamos a explorar la oscura y enigmática sima. Él, de más edad que nosotros, presumía de haber franqueado el exiguo agujero de su entrada varias veces y declaraba que las dificultades estaban sólo en su angosta embocadura, pero que luego todo era accesible y confortable. Se podía andar de pie y cómodamente, alumbrándose con la linterna que puso en nuestras manos.

Algunos creían que si entrabas en aquella cueva podías salir en Portugal o en Pañausende y que por ella, en su tiempo, habían escapado de la persecución los judíos del barrio. La boca a que me refiero se abría al sur de las peñas de Santa Úrsula, bajo la higuera de un huerto de la calle de la Fragua, y quedó tapada al construir la casa de Joaquín Mata. Ya no existe, la cegaron con la cimentación. Queda otra, con la que se creía que comunicaba ésta, subiendo a las peñas por la calle Castillo, frente al Barricuevo, que realmente no es más que un hueco ciego de escasa profundidad.

Era la hora de la siesta, posiblemente de un tórrido agosto. Por eso el pueblo exhibía el paradigma de la más absoluta soledad. Ni un alma en la calle, ni bicho viviente activo en parte ninguna. Y mucho menos en el tortuoso callejón del Gueto, a orillas del regato que viene de Val de Andrés.

Ninguno de nosotros quería ser el primero en entrar. Hablaba el miedo:

—Entra tú primero, que yo voy detrás.

—No, tú delante; si no yo no entro.

—¡Ay mamá! ¡Soy una nena y me asusto!. ¡Eres un cagao; no vales pa ná!

—¡Canguelis es lo que tenéis todos, cobardicas! O os decidís o sanseacabó; yo me marcho, que sois unos niñatos de mierda.

—Eso lo serás tú. Átame a mí primero, y verás como me meto —dijo por fin alguien

—Agotasteis mi paciencia, peleles. ¡Acabemos de una vez! —sentenció el director de la operación.

En éstas estábamos, cuando hizo su aparición el tío Pernilla. ¡Cómo no! Perejil de todas las salsas, no podía ser de otro modo. Y, quieras que no, había de meter baza:

—No sabéis en qué nigromancia os estáis embarcando. Ya os acordaréis cuando salgáis y no podáis libraros del embeleco. Habréis de padecer espantos por la osadía de querer desentrañar el enigma de ese buraco embrujao. Creéis, pazguatos, que vais a encontrar un tesoro y lo que os toparéis va ser una condena de por vida por el encantamiento de la magia negra, si no al mismísimo Belcebú en persona.

Bastó con esto. Los augurios del cascarrabias fueron el definitivo estímulo para nosotros acometer con más diligencia la hazaña. Uno tras otro, atados con la maroma de Emilio Veloso, por seguridad. A gatas y retemblando, pasamos la angostura de la boca, y, reptando, penetramos en el túnel que nos conducía a un mundo abisal en el que esperábamos vivir maravillosas aventuras y conseguir el oro que a anteriores expedicionarios se les había negado poder apañar. Por lo que se decía, o bien los huevos de oro de la gallina que allí vivía o bien collares y ajorcas de oro y diamantes, hilos de perlas de Oriente o pendientes de rubíes; marfiles, anillos y diademas de esmeraldas; gargantillas con engarces de zafiros y de coral… Algo de esto, o incluso todas las alhajas que describieron anteriores espeleólogos, y que, según contaban, guardaba y custodiaba allí adentro una bellísima mora, podría ser el tesoro con que compensara nuestra osadía la diosa fortuna. ¿Por qué no?

En eso pensaba yo para espantar el miedo y creo que también mis amigos, mientras nos deslizábamos en las tinieblas hacia lo desconocido. La libido desbocada de nuestra pubertad nos alentaba con procaces imágenes de los encantos de la hurí, haciéndonos sentir en nuestra emergente virilidad un si es no es de  lúbrico gustirrinín estimulante. ¡¡Uuuuy!! Pero con el tiempo tuvimos que pagar bien cara la osadía. Y ninguno quedó libre de sufrimiento, como podéis ver, si decidís seguir leyendo.

Voy  a poner el primero a Luis “Verruga”, también apodado “Luis el del teniente”, pues fue el que antes purgó su pecado. Un buen día de aquel otoño, antes de Todos los Santos, sin saber por qué ni por qué no, se vio rodeado de una nube de moscas que, fuera donde fuera, no se podía ver libre de ellas. Más de mil moscas siempre volando alrededor de su persona, embobadas con vaya usted a saber que jugos de su cuerpo o con los granos de acné que tenía y que quizás manasen pus dulce. Qué lastima. Ni que fuera el muchacho una de aquellas cintas que se colgaban en los techos, embadurnadas con un pegamento edulcorado que las atrapaba por chuponas. El problema de “Verruguita” es que no tenía pegamento y aunque se le posaran en el cuerpo no se quedaban pegadas. Una pena, pues ni siquiera en el día de Difuntos pudo entrar en misa, ni nadie se le quería arrimar. Luego se fue a vivir a Zamora y allí se las exterminó un fontanero de Olivares a base varias sesiones de espantes con soplete de carburo y unos rezos misteriosos, en días alternos. Espero que con ello cumpliera el hechizo y quiera Dios que siga vivo a fecha de hoy.

Emilio Veloso, Dios lo haya perdonado, se ahogó al año siguiente en una playa de Gandía o cerca, no sé si el mismo día en que comenzaba las vacaciones.

Miguel A. Casanueva tuvo la desgracia de que en toda su vida las hembras le fueron detrás como perras salidas. Y como él no le hacía ascos a ninguna…, pues pasaba lo que pasaba. Muchas veces le dije: “Pero, macho, ¿por qué las aguantas?” Y él me contestó: “¿Y cómo no las voy a aguantar si lo único que quieren es consuelo?” Así se las gastaba. También falleció joven.

Del otro Veloso (ya he dicho que no sé si Toño o Domingo, pero también pudo ser Rafita) no tuve datos durante años para decir si les ocurrió alguna desgracia o no, pues perdí su pista en los lustros que siguieron, tras nuestra aventura. Pero no hace mucho he sabido que Domingo falleció hará unos cinco o seis años, de lo que deduzco que fue él quien estuvo en la aventura.

Y, por último, yo. No tengo que decir que sigo vivo, pues obvio es, pero tampoco me libré de la maldición de la caverna y de los daños de su hechicería. Lo mío cuesta creerlo, pero fue tan cierto y real como la noche y el día.

Vino a ocurrir a finales de septiembre. Jugábamos al fútbol unos cuantos en la Cortina de la Feria. Había lloviznado algo y de pronto salió el arco iris, brillando con un inusitado esplendor que lo dibujaba nítido, destacando resplandeciente sobre un cielo de fondo tormentoso azul turquí. Me aparté del juego para contemplarlo y me subyugó la magnificencia de su gran arco y el brillo de su policromía. Me dí cuenta que se alzaba a media cuesta del camino del cementerio y se perdía más allá de la cuesta del Gallo, aparentemente en las eras de Valluengo. Era el arco iris más hermoso que jamás he visto.

No tengo del todo claro cómo sucedió, pero sí recuerdo nítidamente que, encaramándome a un almendro de los que bordean el camino al camposanto, logré trepar por el lado ascendente del arco iris hasta alcanzar su culmen y una vez allí, dejándome caer como por una peña resbalina, a una velocidad endiablada, bajaba a tierra por el otro extremo, gritando de pánico, pues sabía que no me salvaba ni la caridad. Antes del topetazo, abrí los ojos y pude ver que caería en la laguna de la ermita de Gracia, más lejos de lo que esperaba, pero con mayores posibilidades de salvarme que cayendo en tierra. Puede que rezara, no lo puedo afirmar, pero sí le pedí un milagro a la Virgen. ¡Y sucedió! No pudo ser otra cosa, pues ni las diñé con el batacazo ni perecí ahogado, aun sin saber nadar. De ambos trances salí ileso.

Aunque he de confesar que arrastro desde entonces y como efecto crónico un trauma del que nadie ha logrado liberarme. ¿Queréis saber cuál es? Siempre lo he mantenido en secreto, pero a vosotros os lo descubriré: ¡¡Llevo más de cincuenta años soñando en blanco y negro, y desde hace cuatro también veo muy negra la realidad!! Una secuela  de aquello, que no deja de torturarme.

He de reconocer, mal que me pese, que el tío Perilla sabía bien de qué hablaba, cuando nos advirtió. Del viejo el consejo.

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Tags: Gallina huevos de oro, Fragua, Peñas de Santa Úrsula, Laguna, Cueva, Virgen de Gracia, Arco iris

Publicado por Sayago @ 13:02
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