Lunes, 02 de diciembre de 2013


Era el 23 de diciembre de 1944. Sucedió a media noche. Me desperté sobresaltado. Las campanas de la iglesia tocaban a rebato con alarmante desesperación. De la calle llegaban voces de angustia y el ruido de un tropel de gentes que corrían apresuradas, yendo y viniendo despavoridas. El pánico se extendía por todos los barrios de Almeida. Alguien aporreó el postigo de nuestra casa, en la calle Mediodía, con la fuerza cerril y la terquedad que sólo proporciona el horror. Me eché a llorar con desesperación en brazos de mi abuela Cándida. Algo terrible debía de estar ocurriendo afuera. Algo espantoso que no debía sernos ajeno, pues mi padre a voces reclamaba que le abriéramos con la mayor urgencia.

Al abrir la puerta de la calle un resplandor de llamas inundó de rojiza claridad el cuerpo de casa, dibujando un escenario de patético surrealismo. Eran mis padres, que dormían en la zapatería (hoy la casa de Juan Antonio Panero) y venían a tranquilizarnos y proveerse de herradas para acarrear agua. Estaba ardiendo por los cuatro costados el molino del Cadozo Oscuro, a escasos trescientos metros de nosotros. Tan cerca que las chispas y el humo que traía el aire llegaron a penetrar en las vivienda. El nerviosismo y la ansiedad. Mi madre dijo: “¡Es espantoso! Parece el fin del mundo”. ¡Buena la hizo!

Yo sólo tenía entonces dos años, ocho meses y cuatro días, pero para mi desgracia lo del fin del mundo quedó impreso como un estigma indeleble en mi mente infantil. Desde esa noche, muchas soñé con el fuego aniquilador y sufrí pesadillas espantosas en las que nuestro planeta se deshacía entre las llamas del pavoroso fuego abrasador. Con todos los humanos abrasándose y yo y mi familia entre ellos. Angustiado y oliendo a chuletón a la brasa, me despertaba sobresaltado, bañado en sudores y lágrimas. Verdaderamente traumático lo vivido aquella noche, que me siguió atormentando durante otras muchas de aquellos primeros años de mi infancia.

El edificio del molino del Cadozo Oscuro o de Belén quedó totalmente arrasado. Se pudieron salvar "la piedra, la transmisión, los piñones, el motor, el transformador y los pares de piedras", según me informa Ramiro Sánchez Cerezal. Todos los almeidenses adultos, en varias cadenas humanas, subiendo agua a mano con cubos y baldes desde la rivera, no fueron capaces de vencer la voracidad destructora del fuego a pesar de tener el agua tan a mano. Únicamente se salvó su presa, la pesquera, que ahí sigue intacta gracias a su sólida fábrica de piedras de duro granito autóctono. Sobrevivió a su dueño de entonces, Emilio Colino padre, y a todos sus hijos y sobrevivirá a sus nietos y a los hijos de sus hijos. Siglos tiene y siglos le quedan por cumplir.

Ese molino, en 1471, según consta en un apeo del Archivo Diocesano de Zamora, pertenecía a la Iglesia, pues dice así: “Yten tienen el deán y cabildo un molino junto a la Peña La Garza y Cadozo Oscuro, por el que pagan en arriendo Bartolomé Sánchez y su yerno cincuenta maravedíes y dos gallinas cada año". Y en el Catastro de Ensenada, en 1751, declara una tal doña Elvira de Herrera y Pizarro (¡ojo!! conviene leer la lápida de la familia enterrada en el altar del Carmen, en el presbiterio de nuestra iglesia parroquial): “Tengo un molino en el Cadozo Oscuro, a 300 pasos de la población”. Un siglo después, Faustino Gómez Carabias, en su famosa Guía Sinóptica Estadístico-Geográfica de Poblaciones y Parroquias de la Diócesis de Zamora (1884) cita un documento de 1853, que se conserva en el Archivo Histórico Provincial, en el que se señala que primeramente molió con dos piedras y después con una sola. En el año 1903 era propiedad de Pedro Sánchez, natural de Carbellino, abuelo de los molineros de la carretera de Salamanca, quien sustituyó la fuerza hidráulica por vapor de agua, el denominado entonces “gas pobre”,  para mover el primer motor de vapor que conoció el pueblo. Años después, fue vendido por su hijo, Antonio Sánchez, a Emilio Colino y él instaló frente al Caño un moderno molino mecánico movido por electricidad. El viejo de la rivera de Belén, acabó como ya sabemos. Y las lenguas de doble filo, se dijo que chismorreaban en las solanas que el fuego lo habían provocado sus dueños. Según algunos, para cobrar el seguro y poder levantar una fábrica nueva, en el viejo café de Belén, para hacerle la competencia al molino de Antonio Sánchez. Según otros, para evitar que le fuera arrebatado por su socio. Naturalmente, nadie ha podido demostrar tales infundios ni hay razón alguna para darles crédito. Pero el mal ya estaba hecho.

No queda otra que lamentarse: ¡Ay madre, la gente! ¡Cuánto daño puede hacer la gente con el flagelo de la murmuración! ¡Ay las solanas, madre! ¡Qué conciliábulos de infundios y maledicencia! Líbrenos Dios de sacar la lengua a paseo.

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Publicado por Sayago @ 18:40
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