Martes, 07 de enero de 2014


De los aterrizajes forzosos de aviones habidos en Sayago, el de más resonancia internacional, el de Almeida.

En la comarca, hay que reconocerlo, más revuelo ocasionó el que traía de Vigo a Madrid a Severiano Martínez Anido, entonces ministro de la Gobernación del Directorio de Primo de Rivera. Tuvo que aterrizar por avería en el valle de Las Mangas de Torrefrades, el 17 de julio de 1928. Es cierto. Mi abuelo Luis Barrigós, carpintero de Villamor de Cadozos, fue uno de los muchos sayagueses que dejaron su trabajo para ir a ver el aparato averiado. Muchos años después me lo contaba, poniendo en su narración un énfasis superlativo: “Iban las gentes de todos los pueblos de Sayago. ¡¡Una multitud¡¡  Pocos querían perderse la oportunidad de ver de tan cerca un aparato de más de 7.000 kilos de peso y, sin embargo, capaz de mantenerse en el aire y de surcar la inmensidad de los cielos. ¡Fue una ocasión única, de esas que sólo suceden una vez en la vida!”

Pero para nada una ocasión única. En Almeida ya le habíamos tomado la delantera, aunque del aterrizaje nuestro no se hablara tanto en Sayago. ¡Quince años antes y con noticia en todos los periódicos de Francia!

Fue el domingo 3 de agosto de 1913. Eran las cuatro de la tarde y estaba cayendo “la intemerata”. Las gentes andaban a lo suyo. Unos acarreando haces, otros en la trilla, aplastados por la calor contra el bálago, sudando la gota gorda, dejándose la vida. Y de pronto…, el inmisericorde cielo les ofrece el espectáculo sorprendente de un avión que, a baja altura, empieza a dar vueltas sobre sus cabezas. ¡Carajo! ¿Qué está pasando? ¡Lo nunca visto! Primero se atemorizaron. Después, aún sin entender ni jota de aviones, ya vieron que estaba buscando un lugar idóneo para posarse. Hasta que bajó y tomó tierra en El Cordel, entre Valluengo y Val de San Pedro.

Los que por allí trillaban dejaron de trillar y corrieron presurosos adonde estaba el aparato. Los trilliques, los primeros. No se acercan mucho, por si acaso. “¿Qué pasa? ¿Quién es?”, se preguntan unos a otros.


La hélice del avión se rompió en la maniobra que tuvo que hacer para no herir a nadie en el aterrizaje. De la carlinga salta un tiparraco con bigote y antiparras. No hay más ocupantes. Es el piloto, que ni habla ni entiende una jota de español. Un franchute que sólo dice “telefón”,  “telefón” y “telegraf”, “telegraf”. Alguien, que por fin le entiende, le dice:

—Bermillo de Sayago—, y le señala el norte.

Parece tener mucha prisa. Se pone en seguida en camino, mientras le grita alguien:

—¡Todo seguido! ¡Dos leguas y media y ya estás allí!

Nadie le ha reconocido. Pero se trata de un pionero de la aviación. Entonces, no, pero ahora, en la Historia, pues es uno de los heroicos pioneros que hicieron evolucionar la navegación aérea mundial en las primeras décadas del S. XX: Maurice Guillaux (Neuilly-sur-Seine,1883-Villacoublay,1917). Estaba en posesión de la famosa Copa Pommery (Biarritz-Medina del Campo, 13 de abril de 1913) y de algunos récords significativos en vuelos nacionales e internacionales.  El avión que pilotaba era un monoplano Clément-Bayard, con motor Gnòme de 70 HP y chasis de aterrizaje intercambiable. (FOTO)

El día de marras, había salido de Issy-les-Molineaux  (Grand-Paris-Seine-Ouest) con destino a Lisboa. Llega a Vitoria (Álava) a las doce y media, después de una escala en Burdeos, y despega rápidamente, sin detenerse ni siquiera para comer. Su brújula se averió y una oscura bruma le impedía poder leer la carta de navegación. Decide elevarse por encima de las nubes y volar durante dos horas, guiándose por el sol. Pasado ese tiempo, ignora en qué lugar se encuentra. Con el fin de comprobar que conserva la dirección adecuada, se decide a descender, atravesando la capa de nubes y acercándose al suelo. Así aparece sobre la vertical de Almeida y toma la decisión de aterrizar para informarse de donde está.

El episodio lo cuentan los periódicos franceses de de la época, en los que he tenido la posibilidad de leer este relato: Le XIXeme. Siècle, Le Matin, La Revue Aérienne, etc. Con la salvedad de que algunos confunden el Almeida portugués con nuestro Almeida del alma. Falta de rigor y de conocimientos, puesto que el telegrama que envió Guillaux a Paris estaba fechado en Bermillo de Sayago (Zamora). Pero, como señalaba que estaba cerca de la frontera de Portugal, no se molestaron en hacer más averiguaciones. Por fortuna, no todos.

Aunque los almeidenses de la época, casi con toda seguridad, no llegaron a saber todo lo aquí relatado, sin embargo, la madre nonagenaria, ya fallecida, de un amigo mío le contó que ella entonces era una niña y su maestra, doña Venancia, llevó a todas sus alumnas a ver el avión y disfrutaron de lo lindo. Es de suponer que el mismo recorrido lo hicieron casi todos nuestros paisanos de entonces, pero lamentablemente pocos quedan ya para contarlo. De ahí que lo tenga que hacer yo, para que no se borre de nuestra memoria colectiva. Vale.

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Tags: GuIllaux, Bermillo de Sayago, Villamor de Cadozos, Torrefrades, Pommery, Doña Venancia, Valluengo

Publicado por Sayago @ 16:17
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