Martes, 25 de febrero de 2014



Nos cabe el honor de que nuestro pueblo sea mencionado por Diego de Torres Villarroel (Salamanca, 1693-1770), el más insigne escritor español del Siglo XVIII. El hecho de que lo mencione en la más importante de sus obras, le otorga a Almeida de Sayago fama y memoria universales. Podemos y debemos presumir de ello.

No es el caso de detenernos en los detalles de su biografía, y mucho menos cuando está al alcance de todos, detallada en la que es sin duda su obra más conocida: "Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres Villarroel, catedrático de Prima de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, escrita por él mismo" (1743-1751). En las primeras páginas de esta autobiografía, que entronca con la estirpe de Quevedo y el género de la novela picaresca, don Diego nos da noticia de sus antecedentes familiares y su estancia y negocios en Almeida:

"Salieron de la ciudad de Soria, ni sé si arrojados de la pobreza o de alguna travesura de mancebos, Francisco y Roque de Torres, ambos hermanos, de corta edad y de sana y apreciable estatura. Roque, que era el más bronco, más fornido y más adelantado en días, paró en Almeida de Sayago, en donde gastó sus fuerzas y su vida en los penosos afanes de la agricultura y en los cansados entretenimientos de la aldea. Mantúvose soltero y celibato (1) ; y el azadón, el arado y una templada dieta, especialmente en el vino, a que se sujetó desde mozo, le alargaron la vida hasta una larga, fuerte y apacible vejez. Con los repuestos de sus miserables salarios y alguna ayuda de los dueños de las tierras que cultivaba, compró cien gallinas y un borrico; y con este poderoso asiento y crecido negocio empezó la nueva carrera de su ancianidad. Siendo ya hombre de cincuenta y ocho años, metido en una chía (2) y revuelto en su gabán, se puso a arriero de huevos y trujimán (3) de pollos acarreando esta mercancía al Corrillo de Salamanca y a la plaza de Zamora. Era en estos puestos la diversión y alegría de las gentes, y en especial de las mozas y los compradores. Fue muy conocido y estimado de los vecinos de estas dos ciudades, y todos se alegraban de ver entrar por sus puertas al sayagués; porque era un viejo desasquerado (4), gracioso, sencillo, barato y de buena condición. Con la afabilidad de su trato y la tarea de este pobre comercio, desquitaba las resistencias del azadón y burló los ardides y tropelías de la ociosidad, la vejez y la miseria. Vivió noventa y dos años, y lo sacó de este mundo (según las señas que dieron los de Sayago) un cólico convulsivo. Dejó a su alma por heredera de su borrico, sus gallinas, sus zuecos y gabán, que eran todos sus muebles y raíces; y hasta hoy, que se me ha antojado a mí hacer esta memoria, nadie en el mundo se ha acordado de tal nombre".

Este tal Roque (simpático pionero de un comercio de los buenos productos de Sayago que, afortunadamente, hoy perdura con idéntico aprecio y buena acogida en las ciudades que Torres menciona, y aún en otras más lejanas) era hermano del bisabuelo del autor, Francisco. Lamentablemente, en todo el libro no hallaremos más referencias al arriero y al pueblo de Almeida que las de este párrafo. Pero, menos es nada.

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(1) Celibato, célibe.

(2) Chía: "Manto corto negro, regularmente de bayeta, que se ponía sobre el capuz y cubría hasta las manos, usado en los lutos antiguos" (Dic. Aut.)

 (3) Trujimán, "trujamán", "intérprete". "Por extensión analógica, se llama al que por experiencia que tiene de alguna cosa advierte el modo de ejecutarla, especialmente en las compras, ventas o cambios." 

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Publicado por Sayago @ 18:07
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