S?bado, 29 de marzo de 2014


Sabido es que, en los más remotos tiempos, los primeros pobladores de Almeida habitaban en varios asentamientos dispersos por el entorno y aledaños del actual casco urbano. Algunos se acomodaron en los cerros, procurándose una buena situación estratégica para defenderse de ataques enemigos o de los peligros de las fieras salvajes.
Otros buscaron la proximidad de algún manantial del que pudieran beneficiarse sus familias, su hacienda y sus cultivos. Los más cuitados se acogieron a la vecindad protectora de alguna peña singular a la que sacralizaron y adoraban por tener forma de animal, bambolearse o sonar a hueco cuando se la golpeaba. Los estudiosos han identificado hasta siete despoblados de estas características, en el término de nuestro pueblo. Para aquellos nuestros primitivos ancestros, el cerro, el árbol, el sol, la fuente o la peña eran dioses a los que interesaba tener contentos y bien dispuestos para que les otorgaran salud y venturas a manos llenas.

Al llegar la etapa en que estas gentes son evangelizadas, la Iglesia procede a sustituir los ídolos por santos cristianos y aprovecha la devota querencia hacia los antiguos lugares del culto pagano para levantar allí ermitas consagradas.

En una segunda fase, la curia diocesana ponderará la dificultad que entraña para la jerarquía eclesiástica regir adecuadamente tantos y tan dispersos santuarios. En este aspecto, la prudencia clerical aconseja unificar el culto divino y, centralizando la catequización en un único lugar, garantizar la difusión de un mensaje unívoco y un emplazamiento oficial relevante y, a su vez, signo visible de unidad, casa del Santísimo y lugar de adoración del solo Dios Verdadero. De aquí el proyecto de edificar una iglesia parroquial predominante. Naturalmente más noble, más grande, más sólida y ostentosa que las humildes ermitas de las cofradías. Y, por lógica, en medio de todas ellas, sobresaliendo ovante, muy por encima de los otros oratorios y humilladeros del extrarradio.
Faltaba sólo convencer a los fieles para que olvidaran sus antiguos itinerarios de piedad y reconocieran que los designios celestiales apuntaban al medio para establecer el centro titular de culto, doctrina y comunión. Se da a conocer entonces, y empieza a correr de boca en boca, el relato del portentoso suceso de la niña cuya cabeza ha quedado inmortalizada en un relieve del retablo del altar mayor de la iglesia. La inocente hija de un moro rico y principal, a la que su padre inmola por convertirse a la fe cristiana, atada a la cola de un corcel desbocado, que la arrastra hasta causarle la muerte. Pero antes del martirio, la niña manifestó el deseo de que en el lugar en que quedase su cabeza fuera edificado un templo al Dios Verdadero. Nadie, desde ese momento, osó negarse a adorar en tan milagroso lugar y a acudir a la iglesia en él levantada.
Así pudo ser. Es sólo una teoría, si bien bastante plausible. Después habría de cuajar también el núcleo administrativo y cívico, en torno a la iglesia, y progresivamente el acomodo de los residentes. De esta manera se fue levantando el casco urbano y la configuración actual de Almeida.

Se edifica el nuevo templo y se dedica a San Juan Bautista, cuya fiesta coincide con la que ya se venía celebrando por todo lo alto con ocasión del solsticio de verano ramos, baño de las vacas, salto de las hogueras, etc. Hemos de situarnos, probablemente, a mediados del S. XIII, tomando en consideración los vestigios románicos que se han conservado hasta hoy, integrados en el muro norte.

Las obras de la iglesia, tal y como la conservamos en la actualidad, podrían haber comenzado hacia el año 1500. Los pocos datos que poseemos atestiguan que tuvo una realización lenta y por etapas. Las fechas del proceso que reseñamos a continuación, fehacientemente acreditadas, así lo revelan.

El edificio es de una sola nave con tres tramos y capilla mayor que se remata con bóvedas volteadas, obra de los maestros Martín Acosta y Maurelle, realizada en 1796. A los pies se alza la espadaña, realizada por los canteros salmantinos Francisco González y Matías de Acosta en 1654, según proyecto de Antonio López Fernández. Las portadas norte y sur fueron realizadas por el arquitecto Manuel Juárez Trancón en 1777.
El retablo mayor fue realizado por el entallador zamorano Juan González en 1631. Consta de banco y dos cuerpos, más ático. Las predelas contienen relieves representando a los cuatro Evangelistas. La calle central del primer cuerpo alberga un tabernáculo renacentista, dorado por Cristóbal Gutiérrez hacia 1574, con relieves alusivos a los sacrificios de la Antigua Alianza y a la vida de Jesús Oración del Huerto, Prendimiento y Resurrección, San Juan Bautista Bautismo de Jesús y Martirio y San Juan Evangelista Visión de Patmos y Ante Portam Latinam. En el interior del sagrario, una pintura del Calvario que copia la Crucifixión pintada por Miguel Ángel para Vittoria Colonna. Sobre él, talla de la Inmaculada, firmada y fechada por el famoso escultor napolitano Nicola Fumo en 1635. En las calles laterales y el ático, lienzos del último tercio del S. XVIII con escenas de la vida de San Juan Bautista. Remata su cúspide el busto esculpido del Padre Eterno, sujetando la bola del mundo, realizado en talleres salmantinos.

En el muro izquierdo de la capilla mayor, retablo encargado por Antonio de Oviedo y Herrera, nacido en Almeida en 1590, que fue secretario de Felipe IV, vicecanciller de Indias, regidor y procurador a Cortes por Salamanca. Resalta especialmente el magnífico lienzo de la Virgen del Carmen como protectora de la Orden del Carmelo, recientemente restaurado, con figuras del profeta Elías y santa Teresa de Jesús, bajo su manto. Es obra mayor del pintor de la Corte de Carlos II, Juan Carreño de Miranda, y está realizado hacia 1655.

Además, dos retablos barrocos, uno de 1625-26, con relieves de la Inmaculada entre símbolos marianos, San Juan Evangelista y San Francisco de Asís, y otro del S. XVIII, con tallas de la Virgen del Rosario, San Miguel, santa Isabel y San Liborio.
Otras imágenes destacables son: un San Sebastián del S. XVI que reclama su restauración urgente; un Crucificado articulado del S. XVIII que servía para escenificar la ceremonia del Descendimiento en nuestra antigua Semana Santa y que actualmente procesiona como yacente en "La Carrera" del Viernes Santo, y el Santo Cristo del Humilladero, de 1629.

En el apartado de la platería merecen ser mencionados: la Cruz Parroquial, labrada en el S. XIX por el platero salmantino Toribio Sanz de Velasco; la Custodia de asiento, realizada por el platero zamorano Cayetano de Agándara, atendiendo a un mandato episcopal de 1733, y un hermoso cáliz del último cuarto del S. XVI con seis relieves en la base, obra del prestigioso platero zamorano Antonio Rodríguez de Carvajal.

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Publicado por Sayago @ 18:30
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