Lunes, 07 de julio de 2014

Por fortuna, hemos nacido los almeidenses en un lugar que le dio siempre a la cultura, a la instrucción, a la educación un puesto de privilegio. Debemos tenerlo presente y sentirnos muy orgullosos de ello. Y, por supuesto, agradecer a nuestros ancestros –padres, maestros, párrocos, convecinos­– su sensibilidad y perspicacia para orientarnos hacia las fuentes del saber, que ellos tenían claro que había de ser la mejor herencia que podían dejarnos.

Supongo que sabéis de sobra que fue Almeida el primer pueblo de Sayago que contó con unas escuelas graduadas. Un hito cultural no suficientemente ensalzado hasta el presente. Y sin embargo, desde sus orígenes, envidiado por los otros pueblos de nuestra comarca e incluso por muchísimos de toda la provincia.

¿Queréis la prueba? Recordad lo escrito al respecto por Ricardo Ballesteros Escalero en su mítico Alma Sayaguesa (1924); es una buena prueba de lo que afirmo:

“El galardón mayor de Almeida, está en tener dos magníficos grupos escolares (uno para niños y otro para niñas) donde la instrucción a cargo de tres competentes profesores de cada sexo, harán de aquí a poco tiempo, a tan laborioso y honrado pueblo, el más culto de Sayago y quizá de la provincia. Hemos tenido ocasión de pasar más de una vez por cerca del grupo escolar en el que reciben instrucción las niñas, y encanta contemplar los grandes ventanales del mediodía llenos de macetas y flores: profusión de geranios los adornan, y ello revela la exquisita delicadeza de tan dignas profesoras que, es incuestionable han de inculcar a sus pequeñas alumnas.

En los niños los adelantos son realmente admirables; desde luego los del grado superior pueden ingresar en los Institutos y Escuelas Normales sin otra preparación que la de la escuela: y lo mismo sucede con las niñas.

Habéis sido los primeros, y hasta ahora los únicos en Sayago que habéis conseguido para vuestros hijos la instrucción graduada. La educación e instrucción completa de esos seres queridos de vuestro corazón, será la mayor recompensa que en la tierra tendréis a vuestros trabajos y desvelos. ¡Dichosos vosotros que habéis entendido que el bienestar del pueblo depende de la educación de sus habitantes y habéis procurado que ella se logre, complete y perfeccione con la instrucción graduada que dais a vuestros hijos!”

A buen seguro que Ballesteros no ignoraba que no fue fácil el camino hasta llegar a ese punto. Pero es muy posible que muchos de mis paisanos sí. Así que no estará demás que les refiera la larga, penosa y heroica gesta que el pueblo de Almeida vivió hasta conseguir estas sus escuelas, denominadas “Escuelas Graduadas Federico Requejo”. La de niñas, (edificio que fue destruído para levantar el feo, desastroso e innoble que actualmente comparten el consultorio médico, la biblioteca y la guardería) construida en terrenos de la Iglesia, por lo que a cambio el Ayuntamiento hubo de pagarle con una parcela de una fanega de simiente, en el Piñanico, junto a una cortina de José Mata. La de niños en la calle, entonces, de Alfonso XIII y, después, de Calvo Sotelo, sede actual del centro cultural.

El 11 de agosto de 1913, el contratista Ignacio Rodríguez firmaba con el Ayuntamiento el proyecto de construcción de los dos edificios y su pliego de condiciones de obra. El precio ajustado fue de 12.139 pesetas; las características de la construcción las siguientes: “Paredes de mampostería de piedra asentada en barro, esquinas de sillería, muros, puertas y ventanas con arquetes de ladrillo sentado en cal, tabiques interiores de adobe, techos rasos de caña, lucidos interiores de barro blanqueado con cal”.

Pero tan solo dos años después, en 1926, las hermosas escuelas, orgullo de nuestro pueblo, tuvieron que ser clausuradas por motivos de seguridad. Debido a graves deficiencias de construcción, estaban en estado de ruina y corrían peligro las vidas de escolares y maestros. Un fraude de la especie del “tente mientras cobro”, como suele decirse.

Ante un problema de tan gran envergadura, que el Ayuntamiento no podía resolver por falta de fondos, se personó en el pueblo el Gobernador Civil e instó a la alcaldía a proceder rápida y expeditivamente a hacer caja, vendiendo terrenos comunales o de cualquier otra forma que permitiese acometer de inmediato las obras necesarias.

Sin embargo, primero había que redactar un nuevo proyecto y cifrarlo, trámite que no estuvo concluido hasta 1926. El presupuesto se elevaba a 11.810 pesetas. ¡Casi tanto como costaron las nuevas!

Se publicó un edicto, invitando a los vecinos que tuvieran fincas colindantes con terrenos del común a ampliar aquellas sus tierras con pequeñas parcelas que podían comprar para añadirlas, a un precio que rondaba las 30 pesetas cada una. Fueron varias las ventas efectuadas, como estaba previsto. Todo trascurría con normalidad, hasta el momento en que se adjudicaron tres prados a Eusebio Cuarta, en Peña el Águila, en la Fuente la Mora, y en las Tejoneras. Al saberlo el pueblo, se indignó tanto la gente por dicha venta, que, llegado el verano, le prendieron fuego a estos prados, y se produjo una revuelta memorable, con manifestaciones de protesta ante el Ayuntamiento.

Y no quedó ahí la cosa. En 1930, veintiséis vecinos pertenecientes a la Asociación de Ganaderos, dirigieron un escrito al alcalde, pidiendo la retroventa de las parcelas por considerarla ilegal. Al no ser atendida esta petición, el pueblo se sublevó y se volvió contra el secretario, Antonio Puente Sogo, hijo del pueblo, a quien señalaron como culpable y exigieron renunciase a su puesto de secretario municipal. Las noches en que el Ayuntamiento celebraba un pleno, se hacía sonar el cuerno en cada barrio para que todo el vecindario fuera a la plaza a insultar al secretario y a pedir a gritos su dimisión. En cierta ocasión, las mujeres acudieron provistas de tijeras y de las agujas de tejer, en pie de guerra, tan enfurecidas que tuvo que intervenir la guardia civil, y aún así la pareja no pudo imponer el orden. A intervalos cortaban la corriente eléctrica y todo el pueblo quedaba a oscuras, lo que envalentonaba a los amotinados y el escándalo subía de tono, llegando incluso a escucharse amenazas de muerte.

Finalmente, el secretario Antonio Puente, tras veinte años de servicio en Almeida, no tuvo más remedio que abandonar su pueblo natal e incorporarse, en 1931, al Ayuntamiento de Tábara. Le sustituyó Pantaleón Hernández, "Panta". (Hoy no toca hablar de este tema, pero hay una historia que contar sobre este relevo forzoso, del que tengo algunas fuentes directas que atestiguan ciertos enjuagues, deslealtades e injusticias que habrá que archivar en el lado oscuro de nuestro pasado.)

Sobre las escuelas habré de volver. Pero no debo dejar de mencionar aquí a dos adalides de este memorable logro. Ambos se entregaron fervientemente a la causa y lucharon con denuedo hasta verla hecha realidad: el entonces alcalde, Alonso Santos López y la maestra doña Venancia Pérez Chillón. Pero esta es otra historia, que bien merece ser contada en una futura entrega.

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Publicado por Sayago @ 17:48
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