Lunes, 04 de agosto de 2014

 


Desde muy antiguo, nuestras fiestas patronales de agosto, en honor de Ntra. Señora de la Asunción y San Roque, están acreditadas como un estallido de sana alegría y disfrute compartidos, en medio de un estado generalizado de cordialidad, simpatía y acogimiento que les imprime carácter y empaque. Celebraciones religiosas, verbenas, reencuentros familiares, toros, competiciones deportivas, fiestas infantiles, pitanzas suculentas, fuegos artificiales, concursos varios, etc. He aquí algunos de los elementos que integran, año tras año, el entramado festivo de estos gozosos días. No falta en nuestro pueblo juventud y, como es sabido, allí adonde acude ésta, la bulla, la juerga y el gozar brotan con fuerza y se viven a tope.

Pero hay un hecho singular, de tan gran valor cultural e interés etnográfico, que descuella especialmente y se nos muestra como una alhaja que brilla con luz propia, al presentar un genuino aspecto diferenciador y de muy relevante originalidad. Se trata del tradicional baile de la bandera, que en Almeida hemos sabido conservar hasta la fecha y que en muy pocos otros lugares es posible contemplar hoy en día. Justo es que nos sintamos orgullosos de poseerlo y -nobleza obliga-, que rindamos homenaje a quienes, a través de los siglos, han cuidado de que no se perdiera, generación tras generación. Obligados estamos a imitar su buen ejemplo de cara al futuro.

Las referencias documentadas sobre el origen de este baile, integrado en una celebración religiosa, nos remiten al siglo XVII. Aunque por lo civil se celebraba ya en la Edad Media, abriendo justas y torneos. Pero dejémonos hoy de erudición y vamos a la fiesta.

En el ámbito íntimo y tierno de ese rincón de nuestra memoria en que guardamos los recuerdos de la niñez, los naturales de Almeida mantenemos grabada la imagen imperecedera de esta sugestiva manifestación folclórica tan genuinamente nuestra. ¿No es así?

En mi caso, a pesar de no haberla podido revivir con asiduidad hace demasiados años (o tal vez por eso mismo), se me representa vibrante y vehementemente evocadora, cada verano, cuando llegan estas fechas. Si me permitís que la comparta con vosotros, lo haré de mil amores y con suma complacencia.

Mirad, es un 15 de agosto de antaño. Fiesta de la Virgen de agosto. El señor cura párroco acaba de despedir a la asamblea de fieles con el habitual ite misa est cantado en gregoriano. Se han abierto las cancelas de la puerta sur de la iglesia y, primero los hombres, después la muchachada y finalmente las mozas y las mujeres, todo el mundo sale fuera. Algunos ya lo estaban, huyendo del sermón, hoy mucho más largo que el de los domingos.

Es mediodía y hace un calor que derrite las piedras. Pero poco importa eso en un día como éste. Ya las cosechas están en las paneras y en las eras sólo queda alguna paja por meter. Labradores y labradoras se han desprendido de los atavíos y zarrios que han utilizado en las labores de recolección. Ellas, sobre todo, empeñadas en mostrar hoy en público sus carnes sin broncear, impolutas, blancas como las de las señoritingas de capital, por dárselas de finolis. Se han lavado en profundidad, huelen a jabones de olor, a lavanda, a rosas, a maderas de oriente… Toda su belleza es natural y lozana. Y estrenan vestidos copiados de un figurín, cosidos por las modistas locales. ¡Qué hermosura! Los mozos se han puesto de corbata y llevan gafas de sol, traje y zapatos nuevos. Los hombres han sacado la boina de los domingos y, algunos, sombrero negro de paño. Las mujeres casadas van con sus velos de blonda y traje de chaqueta. Todos se paran a saludar a los que han venido de fuera, a los que emigraron a Madrid, Bilbao o Barcelona y vuelven de vacaciones. ¡Qué elegantes, qué bien vestidos, con sus trajes de confección de Galerías Preciados! Un lujazo.

De repente estallan unos cohetes y el tamborilero ataca los aires típicos del “paseo de los puestos” La flauta contrapuntea un solemne marcha que marca el ritmo al abanderado, al alférez, al teniente, al capitán, al mariscal de campos y al “Tío de la mosca”. Tienen que desfilar.  La Madre de Dios acaba de subir a la Gloria para reunirse con su Hijo Divino y por eso la bóveda celeste se ha teñido del color azul de su manto. Pero el humo de pólvora lo ensucia con las nubecillas de los petardos que proclaman que también hay mucha alegría en la tierra por ese anhelado encuentro. Todo es muy sencillo y limpio esta mañana. Uno de ellos, un chavalote rubio, venido de los madriles, familia de alguien del barrio de Arriba, saca fotos del acto con su leica.

Salen los señores curas. Acompañan al titular los de Carbellino y Villamor para mayor solemnidad, y los tres se acomodan en unos sillones torneados que ha sacado a la puerta de la casa rectoral la hermana del párroco. Ha dispuesto sede también para los mayordomos. Los espectadores se sitúan formando un gran círculo que ocupa la carretera y la pequeña explanada adyacente. Muchos se quedan en las escaleras que suben al antetemplo, pues desde allí no se pierden detalle. Tras los “puestos” se disponen para el paseo los familiares y allegados de cada uno de los cofrades. El “Tío de la mosca” abre el cortejo espada en mano, muy en su papel de adalid, despejando el recorrido de malos espíritus o de ánimas vengativas o de sabe Dios qué trasgos, tarascas o diablejos. Dibuja círculos en el suelo con su sable. Parece que marca espacios de seguridad garantizada. Hay que asegurase de que el paseo será plácido y relajado para los protagonistas. El tamboritero ameniza la parada con bien medidos compases de una marcha solemne. ¡Qué galanura, qué bizarría y qué donaire lucen todos al desfilar, con su banda y con los suyos detrás! ¡Vamos, aplaudámoslos!

Tres vueltas cumplidas y se detiene el cortejo. Se apartan sus integrantes y todo el redondel queda expedito para el abanderado, al que acompaña el “Tio de la mosca”. Se sitúan ambos frente a la presidencia, en el extremo opuesto del redondel. Se despliega por completo la bandera. Con el mástil paralelo la suelo, bien sujeto con ambas manos por detrás de la cintura, a carrerilla avanza el bailador dejándola que ondee al viento, airosa y exultante. Flauta y tamboril se subliman y  entonan un ritmo saltarín de danza cortesana. En llegando a la vera de la presidencia, hace una reverencia el danzante para saludar y pedir la venia. Una vez concedido el permiso, torna al centro del ruedo para allí iniciar el baile.

Sin dejar de danzar al ritmo de la música, dibujando figuras de grácil porte, hay que hacer tremolar la bandera con continuos movimientos y alardes. Pasándola por encima de los hombros, alrededor de la cintura, bajo una y otra pierna alternativamente… ¡Al viento la vela majestuosa del gallardete, la enseña de nuestras victorias! Sin que se arrugue, sin que se reburuje, sin que se enganche. Los más expertos logran hacerlo incluso sentados en el suelo y sin perder el ritmo ni las formas. Pero, ¡hay!, al mozo le ha robado la concentración debida la mirada de una bella espectadora que se ha quedado prendida en la suya, por un instante tan sólo, pero con significativa e insinuante intención. ¡Horror! El majestuoso pabellón que desafiaba ovante al viento es ahora sólo un trapo mustio que se ha desplomado inerte y arrugado sobre el diestro, convirtiéndolo en un hazmerreír apelelado que lucha por librarse del rebujo. Carcajadas y pitidos de la concurrencia. “El Tío de la mosca” da brincos, hace piruetas y cucamonas. Los abucheos de sus paisanos espolean las ganas de acabar su actuación al corrido ejecutante. Aquellos no paran de reír. También esta eventualidad es una parte esencial del espectáculo.

Finalmente, el danzante toma el asta de la bandera, la iza a lo más alto que puede y avanza para hacer amago de clavarla a los pies de la presidencia, en ademán de rendirse. Rodilla en tierra, da por terminado su alarde. Escucha aplausos de sus paisanos, que no se los escatiman. Acaba de abrir camino a otros mozos que quieran emularlo a renglón seguido. Los muchachos tienen también una bandera, a tono con su estatura para iniciarse en este arte. Todos se pueden divertir hasta el momento en que los mayordomos indican el final. La mesa está esperando congregar a las familias en un almuerzo memorable, los platos y la tambarria familiar van a ser extraordinarios.

Mañana, ante San Roque, en su fiesta, se volverá a bailar la bandera. Acudan todos a verlo. Y quiera el santo patrón que así sea por muchos años, que no llegue a perderse tan genuina, hermosa y acreditada tradición.


EL BAILE DE LA BANDERA - (c) - José Martín Barrigós


Tags: baile de la bandera, abanderado, fiesta de San Roque, Almeida, Tradición

Publicado por Sayago @ 17:53
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