Lunes, 16 de mayo de 2016


Llegado mayo, desde la primavera del penúltimo año del siglo pasado (1999), un deseo vehemente e irresistible me impulsa con la violencia de casi un arrebato a  acudir con premura a la tierra de mis raíces. Mi alma, como un potro cerril, llegado mayo, se encabrita y rehusa la apacible monotonía de mi vida de jubilado a orillas del Mediterráneo. La repetición, año tras año (16 veces), de tan grato y reconfortante viaje ha establecido en mi calendario vital una costumbre adictiva que me cuesta Dios y ayuda eludir.

Este año, por razones de causa mayor, no me va a ser posible renovar el rito. Sólo el recurso de avivar la imaginación podrá paliar, en la medida de lo posible, la nostalgia en que me sume la contrariedad de no poder disfrutar ese Sayago al que, llegado mayo, la primavera regala la esplendente hermosura de una eclosión de vida y naturaleza sin parangón e indescriptible. Los que pueden gustar de ella bien lo saben. Ellos sí acertarán a comprender mi anhelo y mis sentimientos.

 Así pues, obligado por la cruda realidad, hago uso de la imaginación que, como bien supo apreciar el poeta inglés Samuel T. Coleridge, “es el alma que está en todas partes y en cada una y que se une a todas las cosas en un todo lleno de gracia e inteligencia”. Usándola puedo estar en Almeida, sin abandonar mi domicilio habitual en Alicante. ¡Qué gran facultad del ser humano! (Habrá que hacerlo saber a las jóvenes generaciones víctimas de sus juguetes y artilugios electrónicos alienantes, a los que están sometidos todos los minutos del día, sin posibilidad de desarrollarla y utilizarla).

Intento recorrer en mi pueblo natal y de mi infancia, estando allí sin estar, evocando la ruta ribereña de la rivera de Belén. Desde el Cadozo Oscuro al puente del Batán. Hasta el antiguo matadero, por su margen derecha y, desde allí en adelante, por la izquierda.

El primer tramo, desde la pesquera del desaparecido molino de los Colinos hasta el Puente los Muertos, es el escenario de muchos de mis juegos, andanzas y aventuras en los primeros años de mi preadolescencia. Años fértiles y dorados en su verde esplendor. Aquí conocí por vez primera lo que era vivir en la naturaleza, aprendiendo sus lecciones de vida y a amarla hasta de un modo que sólo con el tiempo supe de su intensidad y hondura.

Para que os podáis hacer una idea, mis sentimientos se identifican de pleno con los que el Jefe Seattle detalló en la carta de respuesta que escribió en 1855 al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce. El presidente había hecho una oferta al jefe de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, les promete crear una "reserva" para el pueblo indígena. El Jefe Seattle responde con una carta, hoy famosa, que podéis encontrar completa en Internet, y de que os brindo los párrafos con los que más coinciden mis sentimientos:

“Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante aguja de un abeto, cada playa de arena, cada retazo de neblina en el oscuro bosque, cada claro de él, y cada zumbido de insecto es sagrado en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia  que circula en los árboles lleva los recuerdos del Piel Roja. Somos una parte de la tierra, y ella es una parte de nosotros. Las flores fragantes son nuestras hermanas, el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Las cimas rocosas, las suaves praderas, el calor del mustang, y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. El agua cristalina que brilla en arroyos y ríos, no sólo es ahua sino sangre de nuestros antepasados. Si vendemos nuestra tierra, deben saber que es sagrada, y que cada pasajero reflejo en las claras aguas habla de los hombres y los recuerdos de la vida de mi pueblo. Los ríos son nuestos hermanos, ellos calman nuestra sed. El murmullo del agua es la voz de del padre de mi padre. Los río llevan las canoas y alimentan a nuestros hijos. Si vendemos nuestra tierra tienen que recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y los vuestros, y tendrán desde ahora que mostrar que ellos el cariño que mostrarían por un hermano.

El aire es imprescindible para nosotros, pues todas las cosas participan del mismo soplo. [Pero si les vendemos nuestra tierra no olviden que] el aire es precioso; que comparte su espíritu con todo lo que hace vivir. El viento que dio a nuestros padres el primer aliento, también recibió su último suspiro. Enseñen a sus hijos lo que hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre, todo lo que le pase a la tierra, le sucede a los hijos de la tierra. Nosotros sabemos al menos esto: la tierra no pertenece a los hombres, es el hombre quien pertenece a la tierra. Todo está unido como la sangre que una misma familia. Todo está unido. Lo que le pase a la tierra, le sucederá a los hijos de la tierra. No es el hombre quien tejió la trama de la vida; él es solamente un hilo. Todo lo que haga al tejido, se lo hace a sí mismo.” [Traducción de Susana Pottecher en Baring, Anne, Cashford, Jules, (2005) El mito de la diosa: evolución de una imagen. Ediciones Siruela. Madrid.]

Volviendo a Almeida, ahora, recorro ese paseo urbano de la margen derecha de la rivera, tan cómodo, tan placentero, tan bien acondicionado… Pero las peñas, las plantas, los arenales, los regatos afluentes o han desaparecido o han perdido el bravío natural de su elación. El puente está mocho sin el copete de sus pretiles medievales. El paisaje ha sido domesticado, ha perdido su alma agreste.

Del otro lado, ¿qué fue de los negrillos del prado de Manolo Heras y de la cortina de Florencio Aguilar?, ¿de la chopera que ocupaba el solar que hoy ocupa la casa de Jesús Moralejo “Nene”?,  ¿de los fresnos de la trasera del Corral de Concejo?, ¿de los frutales de las huertas y huertos de las dos orillas ? A unos se los llevó las grafiosis a otros la sierra de talar. Los zarzales, las mimbreras, los juncos, las jabonetas, los agarramoños… Los pájaros y sus nidos: jilgueros, gorriones, verderones, mirlos, calandrias… Insectos: libélulas, mariposas, patinadores, abejas y abejorros… Una flora y una fauna abundante y singular llenaba los sentidos de belleza visual, aromas olfativos exuberantes y una fascinante sinfonía de trinos.

Para qué seguir... Nada es eterno, es cierto. Pero mucho es lo perdido en cincuenta años. De nuestros antepasados aprendimos la lección de amar y cuidar la tierra, que era su medio de vida, un patrimonio que estamos obligados a conservar y transmitir a nuestros hijos. Digámosles una y mil veces que el daño que hacemos a la naturaleza, nos lo hacemos a nosotros mismos. Es una lección de vida, no una cuestión baladí.





Publicado por Sayago @ 18:27
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