Martes, 14 de junio de 2016


Una carretera es algo extraordinariamente grande. Sí, incluso una carretera comarcal. Ahora, cuando ya nadie se sorprende de nada, es normal no concederle excesiva importancia a una carretera, sea principal o secundaria. Las usamos a  demasiada velocidad como para detenemos a pensar si ya venían de serie o no cuando se formaron los continentes.

Yo puedo decir, por viejo, lo que no sabéis los jóvenes: Sayago, cuando no estaba unido al resto del mundo por unas vías de transporte como las actuales, era un territorio excluido, abandonado, miserable, inhóspito y desvalido. Al margen de todo progreso y desarrollo, relegado a la autarquía por falta de comunicación, estaba condenado a autogestionar sus carencias haciendo de la necesidad virtud para poder sobrevivir. No estoy hablando de tacañería, sino de la vigilancia y cuidado imprescindibles para no sobrepasar los límites que imponía a cada familia su corta hacienda y labor.

Imaginad aquel mundo. Caballerías y carros, escasamente alguna bicicleta, para poder llegarse a Bermillo, a Ledesma, a Zamora o a Salamanca. El coche de línea de Alonso Piorno, de Cheo o de Gómez sólo para las situaciones de emergencia, por ser caros y tener que perder el día entero. Caminos escabrosos, polvorientos, embarrados, pedregosos, azotados por la ventisca, por el resol, por las nevadas… Una legua, a pie, se tardaba en recorrer unos cuarenta y cinco minutos; en burro, la mitad aproximadamente.

No me estoy refiriendo a la edad media, no. Hablo de hace menos de setenta años. Y de viales sin asfaltar, llenos de gravilla y baches, mal cuidados por el cuerpo de camineros de Obras Públicas, a los que se vía frecuentemente tirados a la sombra de cualquier carrasco, sobre la hierba de la cuneta. La chaqueta colgada del mango del azadón, en reposo como su dueño, no muy lejos. Para afear a los holgazanes su conducta, se evocaba a estos funcionarios rurales, por aquel entonces.

De la desidia de las autoridades de la época para terminar la carretera denominada entonces de Tardobispo a Sardón de los Frailes y hoy ZA-320, ya me ocupé en un antiguo post cuyo URL es <http://jmb.blogcindario.com/2013/11/00080-carretera-de-zamora.html> Hoy toca hablar de la que denominamos los almeidenses “carretera de Salamanca” y que, en realidad es la de Fonfría a Ledesma (ZA-311).

Si para ver terminada la primera hubo que esperar la friolera de casi cuarenta años (1895-1934), mediando la influencia de Federico Requejo, para ésta sólo fueron precisos ocho, gracias a las gestiones que realizó el obispo de Salamanca, Tomás Cámara y Castro, el “padre Cámara”, a la demanda de los munícipes ledesminos, añadidas a las del político sayagués que también recurrió a sus amistades en el Gobierno para tratar de activar las obras.

El periódico La Voz de Ledesma publicaba en su primera página, el día 28 de enero de 1899, la noticia tomada del Noticiero Salamantino, en la que se informaba de su aprobación por el Consejo de ministros. Reproducida en la foto de arriba, la transcribo aquí para facilitar su lectura:

“En el plan extraordinario de Obras públicas, aprobado últimamente en Consejo de ministros, han quedado incluidos varios proyectos importantes para la vecina provincia de Zamora, entre otros los de construcción del primer trozo de la carretera de Fonfría a Ledesma, en que va incluido el famoso viaducto del Pino, y de los dos trozos que de cada carretera están enclavados en la provincia de Salamanca y recorren desde el límite de la de Zamora a los llamados Mesones de Ledesma.

¡Dios haga que esas beneficiosas obras no sufran largas dilaciones como han sufrido y sufren las de la ya famosa carretera de Ledesma a Fermoselle!”

El dato de su terminación lo aporta Juan A. Panero en su enciclopédica obra Almeida de Sayago. Pasado y presente de sus tierras y sus gentes  (Náyade Editorial, 2014), página 241: “En 1907, siendo alcalde Domingo Tejedor, concluye la carretera referida”. El punto de intersección con la SA-300 en el barrio extramuros de Los Mesones nos acercó una enormidad en medida de tiempo a la capital del Tormes.

A partir de aquel momento, gracias a estos dos ejes de comunicación con Zamora y Salamanca, Almeida pudo desarrollar un tejido industrial y comercial floreciente, como es bien sabido. Merced a lo cual, económica y socialmente, se situó como uno de los pueblos punteros de la comarca por disponer de buenos servicios médicos,  farmacéuticos, educativos, correo diario, cuartel de la guardia civil, telégrafo, etc. Considerando el baremo correspondiente al lugar  y a la época de que tratamos.

Y, años después, las dos vías mencionadas, ya en la España desarrollada, iban a abrir enormes posibilidades de estudio, de trabajo o de negocios a un elevado número de sayagueses.  A las pruebas actuales me remito, si bien hay que lamentar que por ellas, en un goteo migratorio continuo y aún activo, se haya esfumado lo mejor de nuestros pueblos: su capital humano.


Publicado por Sayago @ 11:24
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