Mi?rcoles, 11 de abril de 2018


Donde yo vivo, la mar se ha amansado por fin, el sol brilla ufano y los almendros se han convertido en una epifanía de recentales flores blancas. Aquí definitivamente el invierno está enterrado. Los naranjos no se han desprendido aún de su último fruto y ya alumbran otros botones de azahar entre los brillos verdes de su follaje. ¡Bendita primavera!

Voy paseando por entre unos huertos y la orilla del mar. Mis sentidos se impregnan de vahos marinos, de esencias de naranjal y de la sutil fragancia del polen nuevo. Siento la canción del aire y el puro azul de este paisaje levantino que te renueva, te da alas y acrece las ganas de vivir cuando, como ahora, muestra con prolija fruición su fecundo vigor germinal. Mientras el corazón se goza, abruma barruntar el hálito latente de héroes y dioses de las ubérrimas culturas y civilizaciones mediterráneas. ¡El alma de Occidente! Y, al unísono, los ecos de Homero, Ovidio, Dante, Cavafis, Saint-John Perse, Naguib Mahfuz, Miguel Hernández, Camus, Gabriel Miró, Pere Quart, Le Clezio…

Hay un punto en que vuelvo la mirada, por contraste, a mi Almeida natal. Y la imagino amanecida también con el halo blanco de las cencelladas que la visten de novia en estos días de nieblas gélidas. ¡El esplendente resplandor de la modestia! La purísima áurea del alba hecha cristal para dibujar con trazo casi etéreo el contorno vegetal de árboles y plantas… Los carámbanos del más brillante swarovski que imaginar se pueda esculpidos en el borde de los aleros. Se atribuye a Oscar Wilde la sentencia que asegura que “la Naturaleza imita al arte”. De ser esto verdad, mis paisanos y yo, labramos nuestra sensibilidad artística por el contacto visual con el refinado y exquisito arte que mostraban los árboles, yerbas y zarzas de nuestro pueblo dibujados por la escarcha de las cenceñadas de nuestra infancia.

 

 

 

 


Publicado por Sayago @ 18:42
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