Lunes, 29 de octubre de 2018

Ha fallecido Vitín. Hace unos días me encontré de sopetón con esta información que alguien había puesto en Facebook. Tan triste noticia me conmovió. Siempre nos tuvimos afecto. Desde la infancia, cuando éramos vecinos y con él y con sus hermanos jugábamos y  enredábamos, de acá para allá, en los aledaños del Caño, en el antiguo molino de los Sánchez, en las Alcantarillas o en el puente grande. Nos juntábamos una buena panda entre Nenes, Barbericos, mi hermana y yo, y algún otro que bajaba de los Sanaterenes. Ellos, entonces, tenían el bar-barbería en lo que hoy son los garajes de Paco Ledesma (q.e.p.d.) y el de Juan A. Panero, cuando la manzana de casas de frente al Caño, desde la calle de la Feria hasta el molino, estaba formada por la casa de la Nena, la del tío Juan de Villoria, la zapatería de mi padre y su bar.

En este bar se escucharon los primeros sones de trompeta, cuando Vitín aprendía a tocarla, allá por el año 1953. Su profesor fue el señor Cipri, el montador de la fábrica de tejidos de Antonio Diego, venido de Béjar, un excelente trompetista con el que acabó una traqueotomía que tuvieron que practicarle.

Por su increíble capacidad pulmonar, por su buen oído, por su interés y la constancia pronto salió con el empleo Vitín, convirtiéndose en un digno émulo de su maestro. ¡Daba gusto oírlo! Sobre todo cuando interpretaba el famoso pasodoble torero “En er mundo” de  Juan Quintero Muñoz, la pieza estrella de su repertorio de la época! En sus giras por los pueblos de Sayago, no había fiesta en la que no se la pidieran en seguida. Pasaba igual en la mili, que cumplió en Valladolid, en el Regimiento de Infantería “San Quintín nº 32”, donde, aunque no pertenecía a la banda, le pedía el comandante que tocara él los toque de “Oración” y “Silencio”, cuando había alguna celebración o visitante ilustre, pues lo hacia con tanto sentimiento que emocionaba a todo el personal.

Era el cuarto de los nueve hijos de Julián Álvarez Lucas y Teresa Jiménez Pérez. Tras dos bebés fallecidos a los pocos meses de nacer, Nicar, el mayor, murió en Pelilla arrancando una encina que le cayó encima, Vitín, Toño, fallecido con 22 años, Inés, Jesús, José María y Gino. Una saga prolija no solo número, pues son destacables sus valores y cualidades: trabajadores, honrados, gente de palabra, ingenio, disponibilidad, amabilidad…, en resumen, todos excelentes personas.

Cuando yo empecé a ser monaguillo, convivía también mucho con él, casi a diario, en la iglesia, donde  suplía las funciones de sacristán que tenía asignadas su padre. Guardo un vivo recuerdo de aquellas misas de Requiem, cantadas desde la tribuna del coro, cuando don Eduardo González era el párroco. Era paciente y complaciente con los que éramos más pequeños. Incluso cuando nos metíamos con él, diciéndole, no sé por qué: “¡Tiritití, tiritití, tírale del aire, Vitín”. Una invención de Domingo Veloso, que era el único que sabía lo que significaba lo de tirar del aire, porque su padre tenía un taller mecánico y en los coches de entonces el estárter era manual. Muchos años más tarde yo escogí su nombre y aquella cantinela para uno de los protagonistas de mi cuento “Los Quintos”, que fue premiado en 1964.

No cabe duda que Evangelista Álvarez Jiménez, nuestro querido Vitín, bien merece el honor de que su memoria se perpetúe, manteniéndose presente en la historia de Almeida y en los corazones de los almeidanos de hoy y del futuro.  En las noches de verano, todos  van a echar en falta el excelente concierto de saxo con que amenizaba los seranos del vecindario, interpretando famosas melodías, sobre todo boleros, destacando entre ellos su favorito: “Historia de un amor”, escrito en 1955 por el panameño Carlos Eleta Almarán (Dartañan) para su hermano, a raíz de la muerte de su cuñada.

Los que tuvimos la dicha de ser sus amigos, sabemos que de amor con la vida y con sus semejantes ha sido también su historia. Descanse en paz.

Addenda: En la primera redacción de este artículo, no hice mención a su profesión de barbero, y por ello es de justicia añadir que, por su condición de artista polifacético, también sobresalía en "el arte de hacer la barba" y de arreglar el pelo. Profesión que mantuvo y de la que se mantuvo hasta su jubilación. De hecho, fue el último peluquero de Almeida. Otro dato relevante a añadir a su biografía. Dicho queda, a fecha 31 de octubre del 2018.

 

 

 

 

 


Publicado por Sayago @ 17:15
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