Viernes, 19 de abril de 2019

Los provectos sayagueses del ayer, es decir, los que “anduvimos a escuela”, usábamos alpargatas en verano y “cholas” en invierno, hicimos la mili y llamábamos de usted a nuestros padres, estamos hoy extraordinariamente bien capacitados como gourmets para evaluar la función de comer. Antaño, una necesidad de subsistencia a la que la hedonista sociedad actual ha encumbrado a la categoría de arte gastronómico, del que, por fortuna, casi todos nosotros podemos disfrutar.

Maestras en una cocina basada en la simplicidad y en la preponderancia de las más genuinas y excelentes materias primas, nuestras madres y abuelas sentaron cátedra en las tradicionales cocinas con la lumbre en el suelo y los pucheros de barro. Ellas educaron nuestras papilas gustativas con su excelente buena mano para aderezar las humildes viandas vernáculas, elevándolas a la categoría de manjares. Mire usted por donde, por aquello de las vueltas que da el mundo, se va imponiendo en esto el buen sentido y resulta que las pitanzas que constituían la base de nuestra alimentación, son ahora los más preciados elementos para los grandes chefs actuales, laureados y ensalzados por los gastrónomos.

¡Aquellas verduras recién traídas de nuestros huertos! ¡Aquellos garbanzos y patatas de la propia cosecha! ¡Aquel bendito pan, amasado en casa con la harina del trigo de nuestras tierras y cosechado con nuestras manos! ¡Aquellos jamones, lomos y chorizos de nuestros cebones de raza ibérica, a la “vecera” a diario desde chicos y alimentados con esmero en el tiempo de engorde! ¡¿Y que decir de las perdices, liebres, conejos, azulones, tórtolas y palomas, caza de nuestros predios, que suponían un paréntesis glorioso en la monotonía del cocido diario?! Un hurra estruendoso también  para “la pesca” autóctona: sardas, tencas, barbos, ranas , anguilas… Y también para aquellos sacrosantos huevos de nuestras gallinas camperas que, acompañados de unas rodajas de morcilla y unos torreznos, componían un plato que era gloria bendita. Hablando de platos, demos su sitio a las patatas con los huesos de espinazo o con chorizo o, simplemente “viudas” con pimentón, o con bacalao. Finalmente, los postres y dulces: arroz con leche, rosquillas fritas, flores de carnaval, aceitadas, rebojos… Con solo mentar esto, uno acaba chupándose los dedos. No es para menos.

En Almeida, además de lo expuesto, no podemos obviar por su interés una gastronomía de celebraciones, bodas y eventos, puesta en prácticas por algunas cocineras de mucho renombre y de las que poco o nada se ha escrito hasta ahora. Me refiero a aquellas mujeres que eran contratadas para ir a guisar a domicilio en las bodas rumbosas de las familias pudientes, que solían durar dos o tres días. Ellas eran especialistas en aderezar los más exquisitos guisos de las sabrosas carnes de terneras, corderos y cabritos criados en los pastos de nuestra campiña. Hemos de mencionar a María “Cereza”, María Panero Isidro [“María Chichera”], Antonia Hernández Gamboa [“Antonia Pitina”], Consuelo Aparicio Ramos [“Consuelo Raposa”], Inés Herrero Mayor [“La Nena”]. Esta última, guisaba al aire libre en las ferias de ganado para los tratantes y hacía unas paellas de las que sólo el olor revolucionaba los jugos gástricos de cualquiera Y, a día de hoy, hay que hacer los honores a Rosario Cangueiro y a su hijo Chema Gómez Canguiero [Hostal Almeida] y a Eduarda Martín Toribio [Restaurante-Hostal “El Abuelo” en Carbellino].

Recientemente, he leído en la prensa que han premiado en Salamanca a un cocinero joven paisano nuestro. Ojalá muchos jóvenes sayagueses vayan por tan gustosos y suculentos derroteros, ya hemos visto que antecedentes de buena mano con los pucheros no les faltan. Así que ¡ánimo!

 


Publicado por Sayago @ 16:40
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