Viernes, 24 de mayo de 2019

 

Buscando, buscando…, me topé con algo imprevisto y sensacional. ¡Que suerte! Nada menos que algo tan extraordinario, que ni en el mejor de los casos hubiera podido imaginar nunca.

¡Un ínclito paisano nuestro entrevistado en la primera página de un periódico importante! Por primera vez en la historia, dejando al margen la amarga difusión que hizo en su día “El Caso” del más nefasto suceso ocurrido en nuestro pueblo en julio de 1965, sucede algo tan sensacional. Y…, maravíllense todos mis amables lectores, el protagonista  de tan portentosa hazaña es Mateo Martín, más conocido como “el tío Mateo Chancas”. El periódico: Diario de Burgos del miércoles 16 de julio de 1930. No me lo podía creer. Como recordaréis ya había estado presente en estas páginas, (https://jmb.blogcindario.com/2013/10/00079-el-tio-mateo-chancas.html) como no podía ser de otro modo. Méritos sobrados le había yo reconocido para exaltar su figura y el don innato de poeta que en vida mostró sobradamente, según mi padre y otros que convivieron con él y le escucharon recitar sus famosos romances.

Lo que ya dije sobre su biografía, me alegra poder complementarlo con los datos que se nos aportan en esta entrevista que, a pesar de su extensión y la farragosa prosa con que está escrita, bien merece ser leída y perpetuada aquí  como fuente histórica documental de enorme valor para las futuras generaciones.

                  MATEO MARTÍN, EL LABRADOR POETA

Durante una reciente excursión por tierras de la vieja Castilla, nuestra señora de la Casualidad, venerable hada del reporterismo andariego, hubo de ponerme frente a un homúnculo singular cuya descripción hormigueó inmediatamente los puntos de mi pecadora pluma.

La cosa ocurrió en Sayago, región zamorana lindante con Portugal…

Visitando una tarde la vieja fábrica de corcho de aquel buen sayagués que dio antaño la nota más brava de rectitud que se recuerda en los fastos de la Justicia de Zamora, con ocasión del espantoso crimen de Fermoselle y que se llama don Domingo Fuentes, cercano pariente mío; topé con un hombrecillo de tez roja y terrosa, ojos vivos y saliente mentoncillo que, sentado sobre un capacho de tapones, estaba recitando versos descriptivos de las más famosas ocurrencias locales acaecidas durante el invierno.

Media hora le estuve escuchando absorto, como absortos le escuchaban el propietario de la fábrica, sus obreros y un gran número de curiosos que, atraídos por el recital habían acudido de las casas vecinas.

Llamóme la atención, en primer lugar, la zumba con que el poeta zarandeaba en las modulaciones de voz chillona y en la intención maligna de sus versos, tipos, costumbres y sucesos; admiré luego el salto brusco de lo humorista a lo sentimental, de lo sentimental a lo exaltado y valiente que de los conceptos fluía, paré mientes, por último, en la facilidad con que el romance fluía por los cauces de la inspiración; y subyugado por la sugestión del momento, me adelanté hacia el hombrecillo de tez roja y terrosa, para estrecharle la mano…

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Y surgió natural, plenamente espontánea, la interviú. Que el periodista, amarrado a la galera de su vocación, como el guardia civil obligado por su reglamento, está siempre de servicio.

Preguntamos:

–¿Desde cuándo data esta su afición?

–Desde hace media docena de meses –me contesta.

–Pero, antes ¿no sintió usted la comezón de los versos?

–No, señor, no. Nunca. Caminando iba yo un día de invierno con mi yunta de borriquillos hacia el “cortino”, cuando se me ocurrió –nunca supe por qué– hacer unos versos, describiendo la tertulia que a diario se forma en esta fábrica. Los hice y aquello fue el arranque del resto. Unas veces, porque soy solicitado; otras, voluntariamente, porque me encuentro en vena…

–Nosotras le pedimos que nos dedicara unos –tercian las nietas del propietario de la fábrica–. Le “salieron” muy bonitos.

–Se trata –alega el aludido– de una pequeña crítica de las muchachas, que se visten con falda a la rodilla, van a la peluquería y concurren a los cafés… Porque habrá usted observado, que aquí, en este rincón de Sayago, ocurre eso también, como diz que ocurre en las grandes poblaciones…

–Efectivamente… ¿Cuántas composiciones tiene usted?

–¡Qué se yo…! ¡Muchas!

–¿Quiere enumerar alguna?

–Con mucho gusto. Entre las humorísticas, puedo citarle las tituladas “La Feria”, “La Pesca”, “El suceso”, “La Confesión del Lobo”, “El Testamento”, “El Ojeo”, “La tierra de Feliciano…”…, todas las cuales  ya me ha oído recitar y que se refieren a ocurrencias de puro orden regional, a las que procuro sacar punta…

–Y que no la tienen, si no se les saca. Son admirables sus disposiciones para la ironía… Pasemos a las sentimentales…

­“El pastor-soldado” es la que con más fe compuse.

–¿Y de las otras?

–“La honra de Sayago”.

–¿Qué tiene por tema…?

–La exaltación de Viriato, nuestro héroe. ¡Porque Viriato era sayagués…!

–No lo dudo. ¿Podría oírla?

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Aquí se le fue la mano al poeta campesino. Poco versado en las evoluciones de la humanidad, recogidas con precisión cronométrica en la historia, pone fusiles en manos de los guerreros de Viriato y describe, engarzando en graciosos anacronismo, todo el proceso de gesta de aquella gran figura de la guerra y de la pérfida traición que se puso en juego para quitarle la vida.

No es este el fuerte del poeta sayagués, sino el humorismo y la ironía, en los que revela su rostro con picardía insospechable en el alma sencilla de un aldeano.

Por lo común su romance –no sabe versificar de otra manera–  es fluido, natural y no decimos correcto porque sería demasiado pedir.

Ofrecemos una muestra. Es de "El testamento del lobo":

                            “Legítimos herederos

                            de todas estas haciendas,

                            quiero que sean mis hijos

                            en el punto en que yo muera.

                            Que mi testamento sea

                            pasado por el registro

                            para que mérito tenga.

                            Luego que cumplido se haya

                           l o que las leyes ordenan,

                            que es justo exija sus fueros

                            la noble y leal Hacienda…”

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Pedir más fuera gollería.

A veces, se le va el santo al cielo y o estira el metro más de lo conveniente o lo encoge sin compasión.

De todas suertes, se trata de un caso notable que, pulido por buenas manos, pudiera alcanzar un grado relativo de perfección.

El poeta tiene ya 55 años corriditos y a esa edad no es ya fácil emprender nuevos derroteros…

¡Ah! Otro detalle: jamás escribe sus versos. Los compone caminando por el campo y los retiene en la memoria con una facilidad pasmosa.

Es de advertir que alguno de sus romances, como el del “Pastor-soldado” tendrá –es un cálculo– “sus” trescientos versos cuando menos…

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El mundo tenía el dúo “pastor-poeta” y “pastor-maestro”. Nosotros acabamos de componer el trío labrador-poeta.

Se llama el tal Mateo Martín, un hombrecillo chiquitín, de rostro color de tierra, que no ha salido en su vida de las lindes de un pueblo zamorano rayando ya con las dehesas salmantinas: Almeida de Sayago.

Ángel Puente

(Colaboración de la Federación de Asociaciones de la Prensa del N. y V. O. de España)

 

 

 

 


Publicado por Sayago @ 12:57
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