S?bado, 16 de noviembre de 2019

                                                                                                                                                           Homenaje a mi abuela paterna, Cándida Fuentes Mayor

No pintaron bastos toda la vida para Cándida Fuentes Mayor, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista. Tiempos hubo, según me confesó en ocasiones, que pudo vivir con total ventura. Sin echar de menos nada. Tampoco con nada extraordinario o banalmente lujoso. Con lo justo justito. Aunque, francamente, ella lo consideró siempre bastante. En conformidad consigo misma y con sus circunstancias. En buena armonía con su gente y con su entorno. Resignada por su prematura viudez, desde septiembre del 37, en que su hombre, el zapatero de Almeida, José Martín Pérez, sucumbió al repentino infarto que se lo arrebató para siempre. Se acababa de levantar y cayó fulminado en la mitad de casa sin alcanzar siquiera a decir adiós o a hacer un gesto.

Yo ya la conocí mayor. Siempre vestida de negro, como correspondía a una viuda sayaguesa de aquel entonces, y entregada a los sencillos goces de amar y compartir desde su madurez de abuela. Cuidar un huertico y a sus nietos, después de haber guiado a sus cuatro hijos hacia la honradez y hacia el trabajo. Hacer de comer todos los días. Ir a Ledesma a comprar suela cada mes o así y, entre un San Roque y una Nuestra Señora, ir cumpliendo años hasta consumirse, tempranamente, a los setenta y tres. Su mucho temperamento no le sirvió para hacer frente a la dentellada letal de la parca. Y ahora sus restos, desde 1954, ocupan una humilde sepultura en la parte vieja del cementerio de Almeida. En este mes se cumplen 65 años de su fallecimiento.

Después del ajetreo de una vida de lucha encarnizada y sin tregua para irse ganando, día a día, la elemental supervivencia. Sin horizontes de tranquilidad más allá del presente de cada jornada, desde 1882, año de su nacimiento. Yo ayudé de monaguillo en su entierro que ofició el cura párroco don Eduardo González, de tan feliz memoria.

Una vez devuelta a la tierra de sus raíces originarias, descansa en paz, como no podía ser menos. Visito, cada vez que puedo este camposanto, en la cima de un alcor al que alegran almendros y palomares. ¿Qué busco allí? No lo he sabido hasta que me topé con un precioso texto de Joaquín Costa: “Siempre me ha conmovido el sacratísimo lugar donde mis abuelos yacen durmiendo el sueño eterno; porque he creído que aquellos huesos eran como las raíces por donde estoy ligado a tierra, como los eslabones de la cadena que me tiene unido a mis pasados tiempos”. Acaso sin ser consciente de ello, he ido a esa tumba más a buscarme a mí mismo que a cumplir una deuda de piedad con mis muertos. Seguramente porque en cada visita al cementerio me nutre de renovada savia .

 A Cándida, de joven le decían “Volera” porque los resortes de su temperamento se disparaban con especial donaire cuando bailaba el charro sayagués y los vuelos de sus sayas desparramaban toda su gracia en cada revolera.

Como granito berroqueño, dura para el trajín y las adversidades; tierna y mullida su alma para querer y dar cobijo a los de su sangre. Por fuera seca, nervuda y recia como la encina; por dentro una ensenada de calostro y arrope. Nunca me he sentido tan querido como cuando ella me atraía hacia si y me miraba extasiada, antes de besarme. “¡Que sol!”, exclamaba. Y sus palabras generaban tal hechizo que en sus ojos yo me reflejaba tan resplandeciente como el astro rey, enardecido, enorme y poderoso. No sabía leer, ni escribir. Su firma fue la huella inequívoca de su pulgar derecho entintado en un tampón. La sabiduría que la escuela de la vida enseña en una lucha sin tregua por sobrevivir era la única instrucción que poseía. Pero le fue bastante. Los relatos de sus  viajes a América, hacían patentes, con una gran fuerza evocadora, las formas, los colores, los sonidos, las ciudades, paisajes y gentes con enorme realismo y plasticidad. Hablaba ella y yo veía el mar, los vapores trasatlánticos, la Ría de Vigo, la zafra cubana, el puerto de Montevideo... Allí, entre los escaños de la cocina, en el rescoldo de la lumbre baja, en los vapores del caldero que cocía mondas de patata colgado de las llares de la chimenea, se me representaba una geografía de míticos lugares de leyenda, razas fantásticas y mapas de utopía... Describía ella las heroicas odiseas que cruzar “el charco” suponía a los emigrantes de la época. Espoleados por la pobreza, perseguían volver con plata suficiente para comprar una casa y algunas fincas de labor en Sayago. La única redención del pobre en esta tierra. Treinta días de travesía, en la cubierta de un buque, echados sobre el petate de sus escaseces, la mayoría de las veces borrachos de mar y ahítos de nausea, más muertos que vivos... Al llegar a puerto, la obligada cuarentena en las “casas de emigración” y después el duro trabajo de sol a sol, allí donde fueran empleados. No había tiempo para hacer turismo o pasear por las ciudades, todas las horas eran pocas para conseguir cuanto antes los objetivos que los mantenían lejos de su patria y de sus gentes, donde y con quienes deseaban reunirse lo más pronto posible.

Cuando se casaron, ni ella ni su José tenían más que las manos, la honradez, la voluntad de lograr donde caerse muertos y el coraje de no parar hasta conseguirlo. Para el primer “pasaje” a América, alguien debió prestarles el dinero a rédito. Volvieron y compraron su casa. También un huerto, junto a los pontones del Cadozo Oscuro, en la rivera de Belén. En la trasera de la casa, el zapatero abrió una puerta desde la calle a la habitación que adaptó para taller. En esta casa nací yo y fui el consuelo del penar de Cándida, pocos años después de perder al marido. La tía Toca, atendió a mi madre, en la mejor habitación, la sala. Nada más venir a este mundo mi abuela me recogió en su mandil, de manos de la partera y me lavó. La misma habitación fue después mi dormitorio. Parte de su suelo era una peña de granito y el resto un cemento bruñido y frío, casi metálico. Había una cama niquelada de línea art-deco, un armario de luna, una cómoda, una camilla... Un reloj de pared, con la marca Relojería Higinio Merino. Zamora, que hacía sonoras las horas de nuestras penurias y adarmes. Para la camilla mi padre compró en Salamanca un hule con el mapa de España, coloreado con más intención de herir la vista que alcanzar objetivos pedagógicos. Y sin embargo gustaba mucho, en aquella época y se consideraba muy original y muy útil. Había otro dormitorio. A ambos se accedía desde un zaguán o cuerpo de casa (en el lenguaje doméstico la mitá de casa) en la entrada, así como a la cocina. Desde la cocina se pasaba a la despensa y a otra dependencia auxiliar que servía de fregadero y de depósito de algunas pitanzas (el cernidero), antes de llegar a lo que era o fue taller de zapatería. Arriba, una parte era el sobrado. En el exterior, junto a uno de sus muros estaba la leñera. En la fachada, a la calle del Mediodía, un portal con dos poyos de piedra.

Los cuatro hijos del matrimonio Martín-Fuentes nacieron aquí también: Damián, Enrique, María y Julio. Pronto no alcanzó lo que entraba en casa para saciar tanta boca y con tan buen apetito. Por el año quince deciden volver a América. Cuba será ahora el destino, pues tienen referencias por la familia de los paisanos allí afincados de que había trabajo para dar y tomar en la isla que fuera española hasta hacía aún pocos años. Nuevo desgarro. Vuelta al calvario de trasplantarse a tierras, culturas y modos de vida ajenos y dificultosos. Al desasosiego de un ignoto porvenir hay que acumular la angustia de desprenderse de lo genuino y revestirse de lo ajeno para llegar a ser aceptado por los que pueden darte de comer. Y bailar al son que toquen. Se asentaron en Cienfuegos, provincia de Las Villas, cuando la zafra cubana conoció especial desarrollo a causa de la escasez que la Gran Guerra dejaba en Europa. Los operarios negros calzaban tamango y los dos hijos mayores estaban en la mejor edad para el tajo. Padre e hijos se emplean sin tregua en hacer rústicas botas de labor. No tardan mucho en abrir un local para la venta al público en la cercana localidad de Rodas, Zapatería La Moderna.


Un buen día, mis abuelos deciden volver a su patria. Con los ahorros que han conseguido hasta la fecha se plantean comprar algunas tierras en Almeida. Cándida amplía los dobladillos de las sayas para esconder allí los billetes que legalmente no le sería permitido pasar por las aduanas. Deciden dejar el taller y la tienda de Cuba en manos del oficial de la zapatería y de sus hijos mayores, Damián y Enrique. Y ellos se embarcan en La Habana. Ahora rumbo a casa, triunfantes e ilusionados. Ansiosos por el reencuentro con el Sayago de sus añoranzas y las gentes entre las que no serían forasteros. De aquel viaje, Cándida, sólo me contó que en el mismo barco regresaba a España el famoso torero Joselito El Gallo. En primera clase. Los de tercera pidieron permiso para ir a verle, desde unas verjas que acotaban la cubierta de lujo. Elegante y amable, el torero les saludó desde lejos agitando su mano y les dedicó una gentil sonrisa. “Era alto, garboso y moreno... ¡Muy fino y señorito!”.

 Compraron tres finquitas de labor y una cortina. En Val de San Pedro, La Nava y la Raya de Torremut. Frente a la casa, un corral de gallinas y una cuadra para criar y cebar dos cerdos de matanza. En ese corral mi abuelo plantó una higuera que se hizo lozana, grande y abundosa en fruto. En verano, bajo sus ramas, con mi tirachinas cargado y rebosantes de munición los bolsillos, yo esperaba que los tordos voraces se confiaran papando higos para abatirlos de un certero cantazo. Por entre el follaje de la higuera los cantos volaban como centellas, sin rumbo y en caída libre. Al rato, los chillidos de alguna comadre ponía en alerta al vecindario para tratar de descubrir al atacante de sus tejados. Entonces no me quedaba otro remedio que huir, si bien en alguna ocasión trepé hasta la copa del árbol y sus mismas ramas me sirvieron de camuflaje. Aquel corral hizo también de excusado, puesto que el agua corriente no llegaba a las viviendas por aquel entonces. Tirar el pantalón era el término eufemístico que los varones usábamos para referirnos a la utilización de este retrete para lo procedente a mayores. La amenaza de las gallinas en el transcurso de esta operación de alivio y el arte de espantarlas son episodios indelebles en el acervo vivencial de quienes a la sazón los padecimos con el culo al aire.

En Cuba —¡ay, mi hermano!— , el oficial Darío Trapote sabía como trabucar a los inexpertos amos de la  zapatería “La Moderna”. Lagotero y obsequioso, fue llevándose el agua a su molino, derivando a favor de los instintos y las apetencias de los jóvenes. Hoy, una farra, una timba... Mañana, mucho ron, mucha mulata... Para unos mozalbetes que estrenaban libertad y posibles, en la libidinosa placidez de la molicie caribeña, tan ansiosos de sentir y confirmar sus apetitos, allí donde la hembra se ofrecía abierta y total, perentoria, lúbrica e incansable hasta vaciar los manantiales del placer y de la vida, el desajuste existencial y económico que el libertinaje introdujo en sus hábitos y modales alcanzó niveles de alarma. Don Darío llevaba las cuentas del dispendio de los golfantes y de las deudas que con él iban contrayendo. Apuntaba las cantidades a cuenta en una libreta de tapas de hule negro azabache. Las juergas no cesaban y los sayaguesitos perdularios se prodigaban en la zanga y el regodeo. Cada vez más sibaritas y más baldragas. En la libreta del oficial Trapote llegó el día en que el debe se inclinó definitivamente a su favor, incluyendo el valor de la zapatería, el género, las herramientas, la opción de compra sobre el local y el fondo de comercio que se le acordaba. Se negó a prestarles un peso más y exigió ejecutar los pagarés acumulados. En resumen, don Darío Trapote, con el amparo de la ley, pasaba a ser el amo del negocio que sus padres regaron con sudores y lágrimas para levantarlo. Y dijo: “Aquí no quiero vainas de la talla de ustedes”, cuando los tarambanas le pidieron que los empleara a sueldo hasta ahorrar para un pasaje de vuelta a España.

Ahora, las puertas que su sola presencia abría de par en par otrora, se clausuraban ante la triste estampa de unos emigrantes sin don ni din. ¿Vieron esos presuntuosos garabatos humanos de los que intentan mantener el tipo al socaire de lo que en otro tiempo fueron y tratan de aparentar la dignidad que sólo fue un espectro del dinero con el que compraban voluntades y opiniones? Pues tal cual. Así, de acá para allá. Huidos de Rodas para pasar desapercibidos en Ciuenfuegos, primero, y en La Habana, después. “Madre —escribieron. Y Cándida, un mes y medio después, escuchó de labios de su José lo escrito, pues ella no sabía leer— aplaque usted a padre y convénzalo para que nos mande el dinero para el billete de vuelta a ésa. No vemos otra posibilidad que regresarnos junto a ustedes y nuestros queridos hermanitos, todos en familia, unidos y entregados al trabajo sin sosiego. Nosotros velaremos el tiempo que haga falta trabajar hasta saldar el monto de lo que nos manden para el vapor de regreso. Tengan, queridos padres, la seguridad de que estos sus hijos que les quieren nunca olvidarán los desvelos de ustedes...” Etc., etc., etc.

Fue una puñalada traicionera para Cándida. Una amarga y lacerante saeta al centro mismo de su corazón. Lloró su dolor en silencio y, madre amantísima, se rindió a la voluntad de sus hijos. Los recibió con la piedad que el padre del Evangelio acoge a su hijo pródigo. Aunque no se guardó los reproches que eran justos. A poco de llegar, uno y otro, se casaron y se establecieron por su cuenta. Damián emigró a la Argentina después. Enrique continuó en Almeida algunos años y murió joven y sin descendencia. Ya no hubo bálsamo para restañar jamás la herida de las entrañas maternales de Cándida Fuentes, pero a nadie culpó de aquello. Ni siquiera a la vida. A renglón seguido estalló el Movimiento. Su hijo Julio fue movilizado. Después, en el 37, como es sabido, se quedó viuda.

Referente a mi abuelo, le gustaba imaginar lo que pudo haber sido y no fue, siempre lamentando que yo no hubiera llegado a conocerlo. Recordaba también su juventud, los bailes de las fiestas, antiguas Navidades, sus tiempos de recién casados, los años en que fueron mayordomos de San Roque y los ofertorios frente a la iglesia después de la procesión, el baile de la bandera, los trajes… Aquellos recuerdos eran su vida. De chico, yo dormía con ella en una cama de hierro, alta como un rascacielos y mullida como las mismísimas nubes del cielo. Los más hondos y vehementes suspiros de amor añorante e imperecedero salidos de un corazón enamorado los pude escuchar yo en aquella cama de aquel humilde dormitorio. Mezclados muchas noches con los bramidos de un viento embravecido que parecía querer acallar tan dolorosa añoranza filtrándose por las rendijas del liviano tejado que nos cobijaba. En estos casos me enseñó a decir: “Zumba zumbeiro, que yo buena camita me tengo”, que era tanto como despreciar al temporal de afuera y disfrutar de lo que adentro teníamos, que a mí nunca me pareció que fuera poco. Al contrario, recuerdo la felicidad de mi infancia como insuperable, sin echar de menos nada, saciado de cariño y comprensión.

“Parece que los niños con quienes mejor se entienden es con sus abuelos. No puede extrañarnos. Ellos son los que están cerca de las raíces verdaderas, los menos contaminados, los que conservan la personalidad más atractiva y diferente, los que tienen más tiempo y menos prisa, los que vienen de vuelta de tan insulsa, apresurada y lamentable vida, los más generosos de sí mismo, los dueños de la memoria común... Yo, que no he conocido a ninguno de los míos, siempre he envidiado algo: volver la cabeza hacia atrás y encontrarme con su comprensión y su sonrisa. Ojalá fuese en todo caso así.” Lo ha escrito Antonio Gala y yo lo suscribo enteramente. No sabría decirlo mejor.

Todo lo escrito hasta aquí sobre esta sayaguesa, que fue mi abuela paterna, no perseguía más fin que saltar de lo particular a lo general. Partir de la anécdota y ascender a la categoría. Es decir, lograr un paradigma de loor y honor para nuestros ancestros. Muchos reconocerán a los suyos propios en este relato, salvando lo estrictamente personal.¡Nuestros queridos abuelos! ¡La saga del esfuerzo y la honradez! Sayagueses que han dejado huella a ambas orillas del Océano y en nuestra manera ser. Asentados eternamente, redivivos, en la memoria de los que nos honramos de ser y reconocernos su progenie. No son historias. Es nuestra más esencial, genuina y épica biografía. Nuestro humilde y glorioso abolengo.

De todo ello debe quedar constancia para siempre. Que no se pierda nada de esta herencia de siglos. No dejemos que el orín del tiempo devorare las alhajas y el ajuar de nuestra hijuela. Hemos de cuidar que sobreviva tan rico patrimonio y sea como un grito que diga bien de nuestros progenitores y perpetúe su gesta. Ahora y siempre, perdurable y notorio este legado por los siglos. In memoriam.

 

 

 

 

 

 

 


Publicado por Sayago @ 13:11
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